Han sido los cien días de la pérdida del encanto. El leve aroma revolucionario de los primeros cuatro años se ha transformado en un «ir tirando». Ya no se trata de refundar el Estado. No se puede soñar con el Nobel de la Paz por haber atraído a ETA a la senda de la razón. No quedan matrimonios homosexuales que casar. La ubre de la igualdad está agotada. Y así, la política del ensueño que se hacía siempre al borde del precipicio se ha vuelto plana, prosaica y vulgar. ¿Más conservadora? Déjenla ustedes en más administrativa. La segunda legislatura es el final de la utopía del presidente Rodríguez Zapatero.
Es que apareció la crisis. Y no es más dura de lo previsto, como dice el poder. Es que Zapatero se resistió a admitir que fuese dura y que fuese crisis: «Esto no me puede pasar a mí». El hombre que se había imaginado que podía hacer cosas que nadie había hecho, se encontró con empresas que suspendían pagos, votantes que quedaban en paro y cuentas que empezaban a no cuadrar. Ya no había nada de aquella política que le permitía llegar al mitin y sacar de la manga seis mil millones de euros para repartir, a 400 por cabeza.
Se pasó la mitad de los cien días esperando a que Rajoy resolviera sus cuitas, y la otra mitad preguntando a Sebastián y a Solbes dónde está la varita mágica, y ninguno la tiene. El hombre que había tenido poder para desafiar a Estados Unidos era dramáticamente impotente ante los señores que suben el petróleo, el señor que sube el euríbor, los señoritos que conceden hipotecas y los dioses menores que manejan los quebradizos hilos de la confianza.
Y estos hilos se empezaron a quebrar, y quebraron por todas partes: por la tranquilidad de futuro, por la intención de voto, por el apoyo parlamentario. Al cierre de los cien días, el encanto se había tornado soledad en el escaño, ausencia de socio estable, y el mago se esforzaba por cumplir su mayor promesa: «No os voy a fallar». Y no había soluciones para la crisis, pero sí garantías de que no les faltaría nada a los más débiles. Alguien lo tradujo: «No tiene política, pero tiene discurso». Los cien días supusieron el gran tránsito: pasar de la política de la ilusión a la realidad contable. Por ahora no consiguió aprobar.
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