Un veterano se clava en la entrada Villa La Jolla de la Universidad de California en San Diego. De pie, en la esquina del Sheraton. Pequeño de estatura, renegrido de piel y mirando fijamente a los conductores que se detienen en el stop. Con una mano, agarra un cartón a la altura de la hombría: «Trabajo por la comida». Una madre joven, también menuda y con el pelo empañolado, muestra otro reclamo unos metros más allá: «Mis pequeños lloran de hambre». Los informes sociológicos detectan mucho home-less profesional. Colillas humanas.
Y, sin embargo, nada más poner un pie en La Jolla, uno de los paraísos urbanos de California, la crisis te entra por los sentidos.
En Costco, la cadena de los supermercados gigantes, se puede aparcar a cualquier hora sin dificultad, y el tráfico en la autopista que lleva a Los Ángeles (LA) ha disminuido ostensiblemente en las horas cumbre. Los estadounidenses se lamentan de que el galón de gasoil (casi cuatro litros) cuesta ya cinco dólares. Su precio se ha duplicado en un año. El flujo humano se invierte. Los mexicanos cruzan la línea al amanecer para trabajar en las ocupaciones sucias y los californianos van a Tijuana para cargar los depósitos de sus grandes camionetas y ahorrarse 50 dólares. Silencio sobre la guerra de Irak.
Rebusco en mi bolsillo un papel arrugado donde tengo el número y la letra del apartamento que alquilé por Internet. Antes de entrar, me asalta un vecino ofreciéndome otro apartamento. Lo compró para su hija y pensaba venderlo con beneficio para adquirir otro en LA. La chica estudió enfermería y se muda a la ciudad tensa. Con la crisis, el negocio no le ha resultado como esperaba y el apartamento se ha depreciado. Me pregunta cuánto voy a pagar de alquiler por el mío y me dice que vea el suyo y compare. Habla desencajado, rápido y nervioso con la ansiedad que genera la expectativa frustrada. Los que no pueden pagar su hipoteca se drogan o emborrachan.
Muchas cosas han cambiado en San Diego. Los pobres se hacen ostentosamente visibles en las esquinas y en mi calle se estaciona un coche reventado por bolsas de plástico que contienen las pertenencias de un piso. Un profesor de la UCSD me cuenta que a su asistente la abrieron durante tres horas y cuando salió del quirófano estuvo apenas una hora y media en el pasillo antes de que la mandaran a su casa. Las compañías de seguros no pagan una noche de hospital.
El déficit del Estado de California es de 15.000 millones de dólares. Ante la quiebra, las universidades aseguran sus presupuestos. Los constructores abandonan las grúas y hay compañías aéreas que aparcan sus aviones en los desiertos y los cubren con lonas, cual gigantescas tiendas apaches. Simplemente, les sale más a cuenta estacionarlos y taparlos que mantenerlos en el aire. Hay menos aviones volando y los precios por asiento suben. Y las elecciones en noviembre. ¿Será la economía o los valores?
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