Zapatero y Rajoy emprendieron ayer una extraña competición: discutir cuál de los dos está más cerca de los problemas reales del país. Rajoy cree que es él, porque es quien pone tintes más negros sobre la evidente crisis económica. Zapatero, el optimista, contempla una sociedad necesitada con urgencia de que se amplíe el aborto, se acepte la eutanasia, voten los inmigrantes y haya menos símbolos religiosos en los edificios y actos públicos. ¿La crisis? El sabio y potente pueblo español sabe cómo resolverla.
Si ese es el debate que queda de la reciente marea de congresos de los grandes partidos, Rodríguez Zapatero tiene todas las de perder: a una sociedad que tiene miedo al paro y sufre las insuficiencias de un perverso momento económico, no le vaya usted con medidas éticas ni crucifijos sobrantes. Y menos, en las condiciones en que lo hace el PSOE: la mayor parte de las reformas sociales que propone -y además con urgencia, como si le fuera la vida en ellas- fueron rechazadas hace menos de medio año, cuando los llamados progresistas le pedían que las incorporase al programa electoral. Y el mismo PSOE no las asumió, o bien por falta de «demanda» (caso de la eutanasia y el aborto), o bien por miedo a ser juzgados como radicales, como ahora se está haciendo.
Y yo digo: si entonces se pensaba que el pueblo español las podía rechazar en las urnas, ¿por qué las debe aceptar ahora? ¿Solo porque lo dicen el millar de compromisarios reunidos en cónclave? No parece razón suficiente. El congreso de un partido ganador no debería poder cambiar un programa electoral, que es el contrato del Gobierno con la sociedad. Más bien parece la necesidad de crear debates nuevos con una triple finalidad: marcar distancias con el PP, arrinconar a la derecha en una posición contraria al «progreso» y fomentar otro tipo de debate que no sea el deprimente de la economía. Son objetivos legítimos, estratégicamente inteligentes, pero que desmienten que sean movidos por una clara prioridad de la mayoría social.
Por lo tanto, me parece que el juicio que se debe hacer a la reciente asamblea socialista no es el habitual de estos días: si el PSOE ha salido más o menos radical, o si bascula más o menos a la izquierda. El debate, a mi juicio, es otro: ¿de qué vale un programa electoral con el que piden nuestro voto, si lo cambian a 120 días de las elecciones? Usted o yo podemos haber votado al PSOE justamente porque en estas materias éticas se mostró moderado y resistió las presiones de influyentes movimientos sociales. Si lo hicimos, hoy tenemos todo el derecho a reclamar: han incumplido el contrato que habíamos sellado. Y no fue hace dos años. Ni uno. Fue hace exactamente cuatro meses. Se cumplen mañana.
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