Levantar monumentos gigantes para adorar a alguien, en el siglo XXI, cuando al fin sabemos que todo es relativo, obedece al papanatismo. Me da igual que sea el Che Guevara que el papa Benedicto, George Bush o Villa, el Guaje, no Pancho. Que encima lo haga un ayuntamiento y se gaste 180.000 euros, cuando hay otras necesidades, es una atrocidad y una provocación. El alcalde de Oleiros lo que quiere es jugar al che, que consiste en clavar un objeto punzante contra el suelo. O sea, pretende aguijonear con la megalómana cabeza a sus detractores con una decisión que se tomó, además, de forma unilateral por un gobierno en minoría. Él se defenderá diciendo que lo que molesta es el personaje. No. Molesta, y mucho, la obra y el dinero empleado en ella. El tiempo ha demostrado que, de esas grandes figuras, solo termina por quedar el pedestal, y esta encima no tiene ni pedestal. Si tanto le gusta la obra armada del Che, podía haber pagado de su bolsillo y levantar la cabeza en su jardín. Nos estamos acostumbrando a que todo vale con el dinero público. Tener delegada la confianza de los ciudadanos por urna no supone abusar de ella. A Fidel Castro está claro que la historia no lo va a absolver. El Che lleva el mismo camino. Argentina, que se apropia todo (Gardel, el mate), no reclama con ardor al Che. Y al alcalde de Oleiros, con decisiones así, la historia tampoco lo absolverá. Gobernar no es provocar y gustarse a uno mismo.
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