Aunque la elección de los Parlamentos está sujeta a fórmulas que modifican ligeramente la voluntad popular -proporcionalidad corregida, representación del territorio en detrimento de la población, normas de paridad que modifican las dinámicas de la competición política, apoyo a los partidos consolidados en perjuicio de los nuevos, etcétera- es un principio reconocido que la política funciona mejor cuando las Cámaras son un reflejo cabal de la realidad, y que toda distorsión acusada en los reflejos institucionales de la representación anuncia un problema que debe ser corregido. Un caso de flagrante distorsión política es el Parlamento vasco, que, al haber atribuido una presencia igualitaria de sus tres territorios, perjudica gravemente al PNV, asentado en Vizcaya, y favorece artificialmente al PP, que gana su peso parlamentario en Álava.
La distorsión estructural de Galicia no es tan grande como la vasca, porque la prima electoral de Ourense y Lugo es mucho menor que la de Álava, y porque los comportamientos electorales de las provincias gallegas son casi homogéneos. Pero cada vez es más evidente que la llegada del bipartito coincide con una extraña interpretación de nuestra estructura de partidos que está convirtiendo el Parlamento y la Xunta en un esperpento teatral -visión sistemáticamente deformada- de nuestro país. Ningún partido gallego en verdad es lo que representa, y eso nos hace estar gobernados por una acusada minoría que funciona en clave de mayoría absoluta.
El PP, que sigue siendo el gran partido de Galicia, está muy desdibujado en las instancias autonómicas, casi desaparecido en la política municipal, y completamente errático en la estatal, hasta el punto de otorgar máxima estabilidad y proyección a la coalición gobernante. El BNG, que debería hacer de bisagra y de elemento dinamizador del limitado pluralismo que genera nuestra sociedad, se siente ilegitimado para pactar con la derecha, y, preso de sus fantasmas históricos, está actuando como un partido cautivo de Touriño, al que le brinda un apoyo ciego que, al menos desde la perspectiva social y mediática, se percibe como una hipoteca irremisible. Y el PSOE, que alimenta sus ínfulas de grandeza sobre un exiguo grupo de 25 diputados y sobre un municipalismo urbano cogido por los pelos, funciona con una soberbia política más propia de la mayoría absoluta que de los consensos básicos que son exigibles en esta circunstancia.
El resultado es que hemos salido de una mayoría absoluta de 41 diputados, dirigida por Fraga, para caer en otra de solo 25, dirigida por Touriño. Porque los gallegos nos hemos acostumbrado a que nos manden, y ya estamos inhabilitados para la política creativa.
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