Hay fotos que uno no sabe si es mejor no revelar nunca. La Voz ofreció el martes un documento extraordinario. Las imágenes de un carrete que su autor, el militar Robert Capp, pidió que no se diesen a conocer hasta este año. Son más pruebas de la devastación de las armas atómicas, de la carrera del hombre hacia su destrucción. Hiroshima, en carne carbonizada, nunca mejor dicho. El 6 de agosto de 1945, el Pequeño muchacho, como se nombró a la bomba, cayó desde Enola Gay (así se llamaba el avión B-29 por el nombre de la madre del piloto) sobre un puente en forma de t y lo destrozó todo. Más de 120.000 muertos al instante, otros 60.000 morirían lentamente por la exposición a la radiación. Una animalada. Truman, el presidente norteamericano, habló enseguida para anunciar que continuaría con la lluvia de muerte si Japón no capitulaba. Y así sucedió Nagasaki y la capitulación. Vientos de 800 kilómetros por hora, temperaturas de 50 millones de grados, el centro del infierno. Montañas de carne humana carbonizada por un hongo de color violeta que se convirtió en una bola de fuego que arrasó totalmente más de dos kilómetros a la redonda e incineró a todos los que estaban allí. Hiroshima se sorprendía porque no le afectaban los bombardeos. No sabían que los reservaban para un día especial, para algo mejor. La aniquilación absoluta. La prueba definitiva de que el hombre esconde a un asesino.
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