Una de las mayores violencias psicológicas contra la libertad de las personas consiste en privarlas de su idioma e imponerles otro por motivos políticos. Esa aberración la padeció Galicia durante cuatro décadas del siglo XX. El gallego, el idioma mayoritario, quedó proscrito de la vida oficial. La campaña de descrédito fue tal que acabó calando un lamentable mensaje: nuestro idioma era algo vergonzante y para prosperar había que pasarse al castellano.
La etapa de Franco truncó la transmisión del gallego en el seno de muchas familias con padres venidos de las parroquias e hijos nacidos ya en las ciudades. En los años setenta, una escena anómala se repetía en miles de hogares de nuestros extrarradios: los padres hablaban gallego y sus hijos respondían en español. Los progenitores, gallegohablantes, inducían a sus chavales a emplear el castellano, porque autoridades y jerarcas les habían inculcado que en gallego no se iba a ningún sitio. Todavía hoy, en zonas donde casi el 100% de la población habla gallego, no hay juicios ni misas en nuestro idioma.
Aquel corte forzado fue un oprobio, pero no se puede ignorar que dejó una huella: en algunas ciudades hay ya dos generaciones que han crecido pensando y queriendo en castellano. Y ahora, en una rara pirueta, resulta que los nietos castellanohablantes de aquellos abuelos a los que se les reprimió el gallego son obligados a estudiar el grueso de las asignaturas en un idioma que no es el de su vida real. La libertad y la cotidianidad de las personas vuelven a supeditarse a un ideal político (es curioso anotar que los vástagos de muchos conspicuos nacionalistas hablan invariablemente en castellano).
¿La solución? Ese pequeño laboratorio de bienestar que se llama Navarra lo ha resuelto así: quienes hablan vasco, estudian en ese idioma con una buena asignatura de castellano; y los que hablan español, estudian en esa lengua con una buena asignatura de vasco. Es más caro, sí. Pero se respeta el sentido común y la libertad.
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