Con los cines pasa como con los documentales de La 2, todo el mundo los ve pero el share permanece bajo cero. Cada vez que se cierra una sala, se escucha un lamento colectivo de postulantes a cinéfilos que sollozan porque ya no tendrán dónde ver cine de autor con subtítulos. Pero esos mismos postulantes son los que han hecho del «emule» lo que es, un supermercado de variedad infinita y coste cero. El cierre de salas coincide con un cambio de paradigma en la forma de divertirse. No es que la gente haya dejado de consumir historias, es que hay otros canales para llegar a ellas. Y hablando de nostalgia, conviene no olvidar aquellos cines con columna interpuesta en el campo de visión y asientos de hormigón a los que no quedaba más remedio que ir cuando el monopolio del ocio era precisamente de los cines.
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