Lo mejor de desempeñar un cargo público no son las canonjías que disfrutan unos políticos que, en su inmensa mayoría, no podrían vivir, ni de lejos, como viven si tuviesen que dedicarse a ejercer (quienes la tienen) su profesión particular. ¡No señor! Lo mejor es la fantástica posibilidad de que disfrutan esos líderes de afirmar lo que les peta amparados en una presunción social disparatada: la de que si una tontería sale de la boca de, digamos, un ministro o un conselleiro, la tontería ha de encerrar, por fuerza, una compleja reflexión.
Resultan así posibles la exageración más descarada o el simple engaño para incautos. Si un líder regional va y proclama que la supresión del peaje de un corto tramo de autopista es una medida «histórica» no se produce -como sería de esperar- una carcajada general, lo que anima a otro a sostener, sin miedo a hacer un ridículo espantoso, que su entrevista de media hora con un líder nacional pone fin a la «sumisión» de una región.
Ocurre, de este modo, que, al igual que se jalean entre sí los aficionados que asisten a una velada de boxeo, nuestros líderes se calientan mutuamente y mutuamente se animan a perder esa vergüenza que suele hacer pudorosos a los seres normales y corrientes, quienes procuran decir solo las tonterías que son inevitables.
Cierto que, acostumbrados a ese pintoresquismo típico de la última política española, hemos perdido casi la capacidad para asombrarnos. Esa es la razón por la que ya solo nos llama la atención el hecho de que incurran en la práctica de hablar a tontas y a locas personas a las que tenemos en general por razonables.
Es el caso, sin duda, del ministro Pedro Solbes, que habla poco y, cuando habla, acostumbra a pensar bien en lo que dice. Sin embargo, ayer no estuvo fino. Nada fino. Tan poco fino que se permitió afearnos a los españoles un vicio que, al parecer, él no padece: que «no hemos interiorizado lo que significa el euro». Y ello hasta el punto de que damos, según él, propinas tan extraordinariamente generosas, que algo han de tener que ver en nuestro diferencial de inflación con los países europeos. No se rían, que eso ha dicho.
Sobre lo del diferencial no me atrevo a pronunciarme, pues se ve que es cosa de gran enjundia y mucha dificultad para un profano. Sí me extraña, sin embargo, que quien lleva media vida viajando en coches oficiales, pagando parte de sus gastos con tarjetas oficiales y sin más contacto con la vida diaria que el que le suministran los informes que tiene encima de su mesa, crea que quienes abonamos de nuestro bolsillo todos nuestros gastos somos menos conscientes que él de lo que ha subido la vida con el euro. Salvo, claro está, que seamos tontos.
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