El sistema de retribución de los funcionarios es un galimatías difícil de entender. Pero, lejos de ser irracional o caprichoso, responde a una filosofía que conviene recordar. Los funcionarios son, por definición, trabajadores estabilizados e inamovibles, y por eso tienen un sistema de retribuciones que, dividido en aspectos básicos y complementarios, trata de incentivar el reciclaje de conocimientos y el adecuado cumplimiento del deber.
Si hablamos solo del sueldo base, los profesores de universidad nos movemos en la categoría de los mileuristas, de la que solo escapamos a base de trienios, quinquenios de docencia, sexenios de investigación, complemento de destino, cargos académicos y similares. Dicho de otra forma: todo funcionario, por el hecho de serlo, está sujeto a este modelo retributivo, y por eso es posible ver a dos profesores de la misma categoría, y que imparten idéntica docencia, con diferencias salariales de hasta seiscientos euros mensuales.
En tales circunstancias es muy difícil excluir de la carrera administrativa la gestión de los altos cargos, ya que su experiencia directiva incide de forma coherente en las habilidades administradoras que se le reconocen y pagan a todos los funcionarios. A cualquier funcionario se le retribuyen los trienios, se le consolidan niveles que disfrutó coyunturalmente, se le pagan cursos diversos que luego se le reconocen en los concursos de traslado, y se le reconocen sexenios y quinquenios que se obtienen, mediante evaluación automática o caprichosa, a base de cumplir las funciones para las que se le nombró. Y por eso resulta un contrasentido que lo único que se quiere excluir de esta tómbola sea, precisamente, la experiencia en la alta gestión.
Lo que ahora discutimos, y lo que justifica el bamboleo -¡ay bamboleo!- del BNG, es el hecho de subir el complemento de destino de los funcionarios que hayan desempeñado un alto cargo hasta la cuantía correspondiente al complemento de un director general del Estado. Y eso es tanto como decir que a la mayoría de los cargos, que ya disfrutan complementos de destino muy significativos, no les supondrá más de cinco o seis mil euros anuales.
Por eso puede decirse que el problema es la ignorancia: la de los que ignoran que su propio sueldo está lleno de retribuciones complementarias de escasa o nula objetividad; la de los que no saben explicar que quieren hacer lo que ya se hace en la Administración central y en la mayoría de las autonomías, y la de los que, en vez de enterarse de qué estamos hablando, prefieren hablar de los altos cargos como si perteneciesen a la banda de Alí Babá. Y es que el escándalo y la ignorancia son dos caras de una misma moneda.
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