El informe del Consello de Contas para el año 2004 ha confirmado lo que era de esperar: que la gestación, ejecución y gestión de la Ciudad de la Cultura llevada a cabo por la Xunta del PP ha constituido una mezcla de pueblerinismo, desmesura, desidia y despilfarro.
El pueblerinismo y la desmesura son, en realidad, las dos caras de una misma moneda, que sirve a los políticos para comprar, con dinero ajeno, su absurda pretensión de inmortalidad. El presidente Fraga tuvo un día malhadado tal empeño y pronto aparecieron para hacerlo realidad una legión de listillos dispuestos a venderle las maravillas de este mundo.
Es cierto que entre ellos había profesionales de prestigio, pero tal cosa no elimina los hechos de los que el Consello informa ahora: que esos profesionales se portaron como el vendedor avispado que pilla a un nuevo rico con ganas de darse pote y aprovecha para colocarle su mercancía a un precio desorbitado y abusivo. El resultado está bien a la vista: la Xunta pagó por los proyectos del Gaiás ¡el doble del precio de mercado!
Más allá de la sinvergonzonería de arquitectos y técnicos de apoyo, todo ello hubiera tenido una importancia relativa si tales proyectos se hubieran abonado con dinero de quien realiza los encargos. Ahora bien, cuando el dinero que paga los delirios del poder es el de todos -es decir, el que los Gobiernos han de administrar con buen sentido- la desmesura pueblerina se convierte en otra cosa: en desidia administrativa y despilfarro público.
El informe del Consello demuestra una y otra cosa, lo que, además de las responsabilidades del Gobierno del PP -ya depuradas en el plano político, tras su derrota electoral- suscita muchas dudas sobre la eficacia de los mecanismos de control. Entre ellos, el que supone el propio Consello, de quien habría sido de esperar una vigilancia desde el inicio de la obra que quizá podría haber corregido muchas de las prácticas irregulares que ahora se denuncian. ¿Qué hacía el Consello mientras mandaba quien había nombrado a la mayoría sus miembros?
Y todo esto -¿cómo no subrayarlo nuevamente?- al servicio de una obra cuya finalidad se desconocía cuando el proyecto se puso a andar y sigue desconociéndose hoy en día, cuando quizá otro presidente esté también soñando ya con ese mausoleo que antes le parecía una auténtica locura.
No todo el mundo en Galicia se ha comportado, en todo caso, de ese modo. Este periódico, por ejemplo, lleva mucho tiempo denunciando el absurdo que supone hacer una obra faraónica sin objeto conocido cuando hay muchas más necesidades. Por eso se le ha tratado tantas veces como al mensajero que se empeña en traer malas noticias. Aun cuando, pese a ser malas, sean verdad.
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