Primero fueron los topónimos que nos asaltaron en las carreteras y en los medios de comunicación. La Coruña perdió su L de libertad, y apenas hubo un murmullo de denunciantes.
Los protagonistas del acoso lingüístico son muy pocos, pero muy radicales y aviesos. Se levantan cada mañana y encuentran recursos y medios para lograr que nos «normalicemos». Es vergonzoso que nadie -muy pocos- tenga la valentía de decir algo al respecto. Sólo un silencio tenso, una palabra dura dicha en voz baja. Y, sin embargo, hay cientos de miles de gallegos que tienen como lengua materna el castellano. No sólo se les obliga en muchas ocasiones a aprender el gallego para conservar el puesto, sino que se les denigra. Más tarde nos uniformarán, nos harán colgar la bandera azul y blanca de nuestros balcones, o exhibirla en nuestras galerías.
Afortunadamente, hay un pequeño resquicio que nos permite pensar en una Galicia libre de prejuicios, abierta al mundo y deseosa del enriquecedor mestizaje. Hay veinte mil ciudadanos valientes que han presentado sus firmas para que la escuela gallega no sea un centro de nacionalización. Veinte mil firmas, veinte mil palomas mensajeras, que anuncian lo que parece imposible, que despertarnos de las servidumbres a los dogmas se pueda tal vez hacer un poco más próximo, un poco más real.
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