La Xunta debe repensar su sistema de castas en las convocatorias culturales que se presentan como gratuitas. En el concierto que Carlos Núñez, la Sinfónica de Galicia y The Chieftains protagonizaron la noche del sábado en el Obradoiro -un espacio que pertenece a la Humanidad- sobraba el generoso acotado VIP al que solo se podía acceder por invitación. Y sobraban los que, poseedores de tal privilegio arbitrario, llegaron tarde a tomar posesión de sus asientos reservados y provocaron a quienes, fuera de la lista, no podían entrar en la plaza. Fue precisamente esa falta de respeto por quienes actuaban la que se cargó la magia de una noche que, de otra manera, habría sido inolvidable. Si la organización hubiera sido guardiana celosa del horario, como se hace en cualquier teatro del mundo, no habría dado pie a la rebelión que emborronó un largo año de trabajo. Pero, ojo, el público que no pudo entrar tampoco es inocente. Unos y otros insultaron a los músicos negándoles el silencio, la mayor tropelía que se puede cometer en un espectáculo. Carlos Núñez capeó el temporal con soltura, pero la reacción de los cabreados, con motivo, fue la del «si yo no puedo, tú tampoco». Y lo acabaron pagando los artistas. Es una falacia, además, que el Obradoiro tenga unas propiedades acústicas sobrenaturales; su sonoridad está lejos de su imagen y, muchas veces durante la velada, el sonido hacía aguas. No pudo asomar el encanto en las primeras piezas, las que estaban destinadas a despedir al sol y darle la bienvenida a la noche; se lo robaron los rezagados de un lado y los cabreados de otro. Andrés Gaos se hubiera muerto de pena escuchando una tormenta de gritos encima de sus Montañas de Galicia . Solo a partir de la Muiñeira de Sarasate, una pieza que el compositor pamplonés conjugó sobre la Muiñeira de Monterrey con los trinos y los picados más elaborados que pueda soñar un gaiteiro, empezaron a separarse las voces de los ecos y el espectáculo se vino arriba, aunque cuando la magia se rompe ya no hay dios que la pueda recomponer.