Por fin llegaron al rescate el carisma de Paddy Moloney y sus muchachos. Y por el Obradoiro voló Ramón Sampedro con las alas que le prestó Amenábar; y los siete países celtas se dieron la mano y los bailarines los pies y fue todo maravilloso. Casi maravilloso. «La música hizo la paz», dijo Carlos Núñez, por fin, antes de arrancar con la «superderradeira» en los bises, Aires de Pontevedra .
El solista más acompañado, el genio que ha colocado a Galicia en lo más alto del universo musical, se merecía otro respeto, por parte de quienes lo gestionan y de quienes lo escuchan. «¡Ei Galicia, terra nosa!», gritó desde lo más profundo de sus adentros el maestro pandereteiro Wenceslao Cabezas Polo. Buena reflexión. El Obradoiro es de la humanidad, la música también.
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