Con Diario de un hombre pálido, el escritor Juan Gracia Armendáriz retoma su literatura sincera y arriesgada nacida en la enfermedad.
Juan Gracia Armendáriz nació en Pamplona en 1965. Creció escribiendo, caminó por novelas, reportajes, poemas y semblanzas y, un día de esos que amanecen cansados, enfermó. Su vida cambió, no es fácil estar pendiente de una máquina de hemodiálisis, menos aún de esa lista de espera de los trasplantes, pero afrontó la experiencia para entregárnosla en 'Diario del hombre pálido'.
Es este diario una apuesta tan arriesgada como sincera, derrocha prosa de la que no sobra, de la que sorprende con palabras precisas y nos salva para arrojarnos en brazos de una sencillez que comenzábamos a echar de menos. Al hablar con él, se entiende.
«La enfermedad, como la escritura, llega impuesta». ¿Cuándo se le impuso la escritura?
Cuando contaba con ocho o nueve años. Necesitaba llamar la atención de mis mayores.
¿Cuándo sintió que tenía que escribir de su enfermedad?
Hace ahora un año, cuando la experiencia necesitaba ser expresada. De otro modo, el libro se me hubiera muerto dentro.
¿Le sirvió para exorcizar a ese moribundo que llevaba en su interior?
Sí, pero las cicatrices quedan.
Y cambia la escritura de algún modo.
En mi caso, he tratado de despojarme de la hojarasca retórica, de los ejercicios de estilo. La enfermedad requiere un tono que genere en el lector ilusión de verdad, de modo que traté de construir un estilo contenido, pero no enfático.
«Todo el mundo debería pasar dos semanas en un hospital». ¿Qué descubriríamos?
Que la salud es como el oxígeno: solo nos acordamos de ella cuando desaparece.
Proust argumentaba que lo importante no es la fidelidad del espejo, sino la intensidad del reflejo.
¿Ese reflejo crece cuándo se acude con periodicidad a un hospital?
Si se hace con una mirada limpia y atenta, sí.
Hablando de limpieza, eso es lo que le hacen a su sangre en las hemodiálisis. ¿Se siente algo diferente con sangre nueva?
Sientes que te desdoblas: es la hipotensión y la deshidratación leve que causa la hemodiálisis.
El dolor nos jibariza y el enfermo solo quiere hablar de sus dolencias. ¿Cómo influye eso en su diario?
Cuando uno siente un dolor físico intenso solo puede ser un cuerpo doliente, pero su recuerdo permanece.
¿No da vértigo desnudarse del modo en que lo hace en su libro?
Un diario debe ser un poco indiscreto. Es parte de su encanto.
Me voy a permitir una indiscreción. Dice que necesitamos muy poco, y en su caso
Quizá un poco más que los demás. Sé lo que cuesta un riñón. «Es cultura todo lo que no es rentable», dijo el editor Mario Muchnik, ¿de verdad? Se lo juro, señor juez.
Fue él quien, a tenor de la carta que le remitió, buscó, sin embargo no logró encontrar alternativas editoriales dignas y satisfactorias para ambas partes a un texto que, a pesar de deslumbrarle, estaba condenado por el engranaje comercial. Un oficio muy duro el de editor.
Duro, solitario y muy estrecho
Tampoco es fácil para usted encontrar «lecturas inmensas» como 'Herzog', de Saul Bellow. ¿Qué tienen?
Es raro de encontrar: una aleación de emoción y maestría literaria.
Tampoco es fácil encontrar libros que, como el suyo, ayuden a afrontar con más coraje su enfermedad.
Si es así me doy con un canto en los dientes, y de paso, que mi editor recupere su inversión.
Madrid se convierte en su novela en otro tipo de hospital, en un manicomio con un payaso terrible que luce un cartel con la palabra «Hambre», pero nos acabamos acostumbrando a todo.
Desde luego, ojalá nunca tengamos que saber hasta dónde somos capaces de aguantar.
Pero usted jamás podrá acostumbrarse a ...
Al maltrato infligido a un anciano.
Cuando llegue, se morirá muy cabreado. ¿Puede morir un escritor?
Cervantes ha muerto, Delibes ha muerto, y yo no me encuentro muy bien
Para acabar con buen sabor esta entrevista, y hacerlo lejos del cementerio hacia el que nos hemos desviado, ¿quién es Juan Gracia Armendáriz?
Un rostro pálido al que le gustaría ser piel roja.
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