Cinco generaciones en una familia

LA SUERTE DE SER TATARABUELA Dolores llegó lejos, tanto que vio nacer a su tataranieta, Lea. Las dos escriben, con Ermitas, Lucía y Eva, esta saga que nace en Abegondo, crece, se reproduce y no se acaba.

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01/04/2017 05:40 h

Grande es la suerte de la pequeña Lea, que tiene mes y medio de vida y dos tatarabuelas. Aunque solo una de las dos, Dolores, puede cogerla hoy en brazos. Ella sembró la primera semilla de esta familia que ha llegado a ver vivas a cinco generaciones de mujeres. A sus 94 años, Dolores no tiene fuerza en los brazos, dice, pero conserva las ganas y la fama que se horneó al cocinar en tiempos para 600 bocas en el colegio San Marcos, de Abegondo. La sopa, el caldo, la carne asada y las filloas («finiñas, de caldo de cocido») se le dan como los niños. Muy bien. «Hay que tener mano... y ella la tiene», explica su hija Ermitas (68 años), bisabuela de Lea.

 «Os nenos a min gustáronme sempre. Á casa sempre viñan os netos, os fillos dos veciños, todos!», cuenta Dolores. Madre de Ermitas y tatarabuela de Lea, Dolores tiene también el grado de bisabuela de Lucía (21 años) y el de abuela de Eva, que a punto de cumplir 40 acaba de convertirse en abuela. Con Lea.

El primer indicio de vida de esta tataranieta por partida doble fue un susto para su madre. Futbolera y muy del Dépor, Lucía no contaba con empezar tan pronto a disputar el partido de su vida. Porque Lea llegó sin hacerse esperar. Quiso ser sorpresa. «Lo que más miedo me daba -dice riendo Lucía- era cómo contárselo a mi madre, no sabía cómo se iba a tomar que estaba embarazada». Así que le confió el secreto de su barriga a su tía Rocío. Y ella le dijo ‘¡pero bueno!’ y buenamente las dos encontraron la manera de decírselo a Eva, que encajó el «vas a ser abuela» como un regalo «¿No es una buena noticia?», dice, y se le caen los ojos con Lea, y advierte que no hay palabras para decir lo que se siente con un nieto, que te dispara el doble el instinto de protección.

Con humor recibió también Dolores la noticia de la llegada de su tataranieta. «Moi contenta. Xa estaba contenta coa nai... pois imaxina ti cando me dixeron que viña a nena!», dice Dolores, que nació el 10 de octubre de 1922. Su hija Ermitas, la madre de Eva (madre de Lucía y abuela de Lea) el 15 de agosto de 1949. «Ai, si! -recuerda Dolores-. Ermitas chegou coa festa! A festa a ela gústalle moito... e a min tamén». Tras Ermitas, que no replica a su madre, se hizo otro eslabón de la cadena. Ermitas tuvo a Eva el 10 de mayo de 1977. Y Eva dio a luz a Lucía el 30 de noviembre de 1995. «Yo era todavía una niña, me quedé embarazada con 17... Estuve con contracciones nueve horas. Mi madre fue la que estuvo cuando sufrí, en las contracciones, todo el tiempo conmigo», comparte la abuela de Lea, a la que le costó salir. «Y eso que había siete matronas. Cuando salió, Lea no respiraba, tuvieron que llevársela al momento y no pude verla», recuerda Lucía mirando a su niña.

Para nada, ni «para ver perder al Barça», estaba Lucía, confiesa, el día que se puso de parto. Y eso que, desliza, «empujaba viendo Got Talent». Quién como la madre sabe lo que duele un hijo, piensa Dolores, ella que vivió lo que es parir en casa sin médico ni matronas ni epidural ni consejos para distraer la cosa tremenda de abrirse en dos. «Foron dous días. Daquela os nenos tíñanse na casa... Cando chegou o médico, a nena xa nacera». ¿Quién la ayudó a dar a luz? «Nadie... -dice sin drama la matriarca- Axudoume un pouco unha señora de Viós que andaba por alí e dicían que entendía». ¿Hay dolor como el del parto?, les pregunto a Dolores, Ermitas, Eva y Lucía. «Eu xa tiven bastantes dolores e calquera deles...», dice Dolores con una retranca de puntos suspensivos.

«Yo creo que el dolor del parto es el más grande, salvo algunas excepciones, que hay mujeres que casi no se enteran, pero también es el dolor que primero se olvida», asegura Ermitas.

En casa de Eva, las cinco generaciones se juntan. Estamos en un piso de Monte Alto, en A Coruña. Miramos a Lea, hablamos de las polémicas que está encendiendo la maternidad, de las presiones, de la lactancia.

«POR UN HIJO TODO»

«Yo nunca tuve leche -cuenta Ermitas- y se suponía que había que dar el pecho, se daba por hecho. Te hablo de hace casi 40 años. Me dijeron: ‘Tranquila, que te va a ir subiendo...’. Y yo ‘Pues a ver, a ver si sube...’, porque con las niñas no había tenido leche. El niño lloraba seguido [se refiere a su tercer hijo, Daniel, que llegó tras Rocío y Eva], estuvo dos días sin comer... Luego con el biberón fue como un tiro, pero tenías que dar el biberón casi a escondidas». ¿Es duro ser madre hoy o cunden los avances? Arrecian las críticas y escampan los niños, es así. Cada vez hay menos. «Hoxe non hai nin a metade de nenos que cando eu era nova. Entre o instituto de Viós e o colexio de Abegondo non xuntan a metade dos que había», dice Dolores. «Es que no hay ayudas», explica Ermitas, que ve el panorama «negro» para la generación de Lucía, que perdió el trabajo cuando se quedó embarazada de Lea. «Una chica joven que se queda embarazada y tiene un bebé lo tiene difícil, muchas veces o la echan o bien deciden hacerle la vida imposible», asegura Ermitas. Pero ahí están las madres, las abuelas, haciendo de todo... y poco ruido. El sustento vital de un modelo laboral que raras veces concilia. Parece que el salvavidas sea el sacrificio de ellas. Mujeres poniéndolo todo toda la vida. «Siempre», dice Ermitas. «Como madre sacrificas tu independencia... aunque seas independiente como persona; sientes que un hijo lo compensa todo, pero hace falta más ayuda». Y no solo de casa. El envejecimiento poblacional es serio. ¿Y el futuro?

LA COCINERA DE ABEGONDO

Dentro y fuera de su hogar han trabajado las cuatro generaciones que dan a Lea. «Yo siempre hice las dos cosas», dice Ermitas. Ella de Viós y su novio, de Muxía, se fueron a casar a Matarrosa del Sil. Tras el altar, a El Dorado de Inglaterra. «En Birmingham, trabajamos en hostelería. Allí tuve la primera niña. Si tienes un bebé te dan, o te daban cuando fuimos en los 70, todas las ayudas del mundo. Leche, pañales y no sé cuántas libras para el carrito del bebé... y eso que yo no había pagado la seguridad social completa», recuerda Ermitas. ¿Como la Suiza de Un franco, 14 pesetas? «Suiza aún debía de ser mejor, pero nos fue muy bien en Inglaterra, aunque yo quería volver, tenía mucha morriña», cuenta Ermitas, que llevó con su marido el Mar del Plata en la zona de Riazor.

Dolores no dejó Abegondo hasta hace poco, que se mudó a Los Rosales. Y por más que desayune dos veces, y no le falte Cola-cao, cómo echa de menos su casa. «Es que en la casa de Abegondo todo sabe distinto -dice Ermitas-. Hasta se nota en el agua para hacer el caldo».

Eva, que salió a su abuela Dolores en el gusto por juntar a la familia a la mesa y hoy lleva el sushi Kaori con su hermana, recuerda las filloeiras de cuatro, con una para las pequeñas en medio. «Me acuerdo de ir todos allí, toda la tropa a Abegondo. Y llegábamos, y en el garaje estar montado todo el chiringo, pilas y pilas y pilas de filloas que mi abuela se tiraba haciendo toda la mañana», cuenta Eva. Tiempo al tiempo, mimo a eito y fuego lento. Cuando Dolores alimentaba a los 600 de su escuela no había cáterings. «Yo lo recuerdo, la cocina del colegio de Abegondo. Las mesas largas. ¡Potas gigantes!», dice Eva.

Que Dolores nos dé recetas para tirar millas, y que la familia crezca unida. «Ganas. Ter ganas. Eu nunca fun dormitona. Nin de nena tiñan que vir os meus pais a sacarme da cama, como lles pasaba aos meus irmáns. Non me gusta quedar na casa. Ás seis levanteime a ás nove xa estaba na perruquería. Don Pedro, que era profesor en Abegondo e agora vémonos case todos os días, dime: ‘Ti recordas daquela o traballiño que había? A ti non hai quen te pare, Dolores’. Y así llegó lejos, a darle la mano a su tataranieta.

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