¿Mojas o no mojas?

EL DESAYUNO nos parte por la mitad. Una tostada cae con todo el gusto en la taza y la otra ni se empapa. En esto también hay ideología: o mojas o no. Es una línea infranqueable. 


Esta sí que es una línea infranqueable en la que es imposible hacer un pacto de rutina. Tiene la marca (o la mancha) de una verdadera ideología que separa en dos rebanadas la tostada del desayuno. La cara A está pringada de café, de Cola Cao o de Nesquik, la cara B está seca como la mojama. Ni una gota. La primera comida del día nos divide en dos mitades imposibles de reconciliar: los que mojan y los que no. Y apuesto, como un guiño a esta cuestión vital, que a quien moja se le nota en la cara... tarde o temprano. Lo cuenta con ese orgullo de chef Luis Veira que, durante el momento del desayuno, se deshace como una buena magdalena en el Nesquik. Y con un hábito indestructible, bueno, sí, destructible en tres partes que es como él habitualmente rompe la magdalena. No le sale al cocinero una receta refinada de alta cocina, sino un combinado de los que dan gusto... Más propio del Chiringuito de Pepe. Primero zumo de naranja (del tiempo y recién exprimido), magdalenas o bizcocho casero, y una mezcla muy personal: cereales y galletas María, de las de toda la vida. Todo para dentro y bien empapado como una suculenta sopa. ¿Quién da más? Él mismo. Que apunta que el fin de semana se da un homenaje y suma, en lugar de las magdalenas, una larpeira. «Ya de niño mi madrina me traía barras de pan calentito para desayunar ?señala Veira?, y en mi casa mojamos todos, mi mujer y mis tres hijos». 

SALPICA AL PERIÓDICO

Como buen experto en texturas y conociendo como conoce el producto que tiene entre manos, nos la jugamos de broma a ese equilibrio del «mojador» que sabe exactamente qué tiempo ha de estar la miga en la taza para subir a la boca. «A ver, Luis, no es lo mismo una magdalena de la Bella Easo, de las gordas, que una Martínez de las cuadradas. La segunda se rompe antes, ¿no?», le pregunto. «Sí, sí, uno se la juega ahí en esos segundos, pero yo arriesgo siempre, me encanta mojar y soy de los que salpica el periódico», responde. Me quedo chofff ante semejante confesión. «Lo pongo todo perdido, pero es mi momento del día, me encanta desayunar, y fíjate que cambié el Cola Cao por el Nesquik (con azúcar) porque a mí me gusta la leche templada y el Nesquik se disuelve antes. Por eso tengo mi orden lógico: porque el cereal me gusta que esté crujiente y si la leche está muy caliente se deshace», indica. Lo cuenta con tanta pasión que el desayuno se le sube a la cara: «Mi cuerpo se ve, no engaño a nadie. Mi madre siempre me dice: ¡No puedes desayunar tanto! Pero para mí es un placer». Luis Veira moja a diario, si se me permite la expresión, en su restaurante Árbore da Veira. ¿La hora? Sobre las 9 de la mañana, con la única compañía del periódico. El sábado cambia su rutina y el desayuno se completa con toda la familia, pero con la misma receta rellena de sabor. No hay un Luis más dulce que el que sonríe cuando confiesa: «No hay explicación, me gusta mojar». 

FUERA DE CASA, DELICADEZA

Untados como estamos de tanta cara A, a esta historia hay que darle la vuelta.  Y ahí frenamos en seco. Porque los tres personajes restantes que hemos escogido al azar para este reportaje se atrincheran en la misma posición. Ni la actriz Isabel Naveira, ni la escritora Érica Esmorís ni el humorista Róber Bodegas mojan. «No puede haber ni una miga en el café o en el Cola Cao, guerra al tropezón». Serán finolis... Y eso que como dice Olga Casal, experta en Protocolo y en estas cosas de las buenas maneras, «en España lo natural es mojar». Ole, ole, y ole. «No hay nada más patrio que un chocolate con churros, así que lo común, lo corriente y lo silvestre aquí, en casa y fuera de casa, es la mezcla». Aunque la experta no deja de ponerle sentido común: «Cuando se come en público hay que utilizar la delicadeza, y cuando uno viaja se suele adaptar a las formas de fuera, también si está en un desayuno de negocio...», explica. Pero como estamos en confianza, la escritora Érica Esmorís nos recibe en pijama que es lo normal a esta hora del día. Ella se descubre con naturalidad como «adicta al Nesquik» hasta el punto de que ha tenido que dejarlo. «No puedo ni comprarlo porque si no caigo en la tentación. Es un polvo peligroso», bromea. Su desayuno infantil traía la marca del Nesquik, la leche caliente a la fuerza (no le gusta nada) y galletas Príncipe, María o Yayitas (¡aún las hay!), pero los años la han cambiado, aunque se ha mantenido fiel a la misma ideología. «Jamás he mojado, siempre me ha dado grima, no entiendo el tropezón y esa galleta blanda al final de la taza». Midiéndose consigo misma en la lucha por el peso ideal, Érica se cuida con leche de avena y copos de avena en una forma común: delante del ordenador (siempre) para «repescarse» en las redes sociales lo más temprano posible con relax: «Suelo levantarme sobre las 9.30 y voy directa a la cocina, el desayuno es lo primero, pero no hago zumo. Solo lo tomo si estoy fuera, es pura vagancia». 

Como Érica, la actriz Isabel Naveira se ha pasado al desayuno saludable con leche de avena, pero ella tal y como tiene montada su vida es raro que la primera comida la haga en casa. «Yo cada vez mojo menos, aunque lo tengo claro: para desayunar me voy al bar», asegura. Ella es la excepción de quien empezó mojando (churros, galletas...) y se ha pasado al lado seco con normalidad, a ese clásico que durante años veía con extrañeza: el café y la tapa de tortilla. «Era una mezcla que yo no entendía de jovencita, cuando venía la gente al bar de mi familia y pedía esa combinación, y, fíjate, finalmente me ha acabado por enganchar». No por glotonería ni excesos culinarios. Para Isabel es todo un sabor que ha madurado en una total transformación. «He dejado por salud todas las harinas, los rebozados y, claro, ¡el pan! Todo por problemas digestivos y de salud, la espalda la tenía siempre contracturada, y este cambio ha mejorado mi vida cien por cien». 

Isabel relaciona la mañana inevitablemente con el sabor del café, no le gusta el chocolate, y de vez en cuando toma pan de espelta con aceite y tomate. Un desayuno más salado.

Al que también se une el humorista Róber Bodegas, con zumo, una tostada de pan (con aceite), jamón y café solo. «Yo no mojo, no era de mojar ni de pequeño, pero soy tolerante con los que mojan, ¿eh? A ver, si mojas mermelada me da un poco de asco...», se ríe. Él es de los que no se levanta con hambre, por eso dilata la hora de sentarse a la mesa sin mucha parafernalia. «Es verdad que la mayoría de edad me hizo salado, porque de niño tomaba Cola Cao, comía magdalenas, galletas, cualquier tipo de guarradas. Durante años tomé cereales, y cuando llegué a la facultad me pasé al café con montadito o pincho de tortilla», dice. 

El ritual tampoco es el mismo en verano o en invierno, siguiendo la teoría de Róber, al que le refresca más la leche fría cuando el sol calienta mucho. Él no es de los que se llenan a primera hora, «disfruto más cuando salgo a desayunar fuera, con calma, mucho más tarde y con el periódico delante, pero a diario con el sueño que tengo, tomo un café y tiro». ¿Cómo puedes vivir sin mojar?, me atrevo. «¡Alto ahí! Que no moje en el desayuno no implica que no lo haga a otra hora del día. En el plato del mediodía soy de toma pan... Y moja». Ha sido un placer.  

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