El papabuxos amenaza al dinoseto

La devastación que provoca la presencia del bicho es evidente en todo Vigo

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Amigos da terra vigo@tierra.org 15/05/2017 19:22 h

Tenemos un problema, y muy serio. La responsable es una preciosa (una cosa no quita la otra) mariposita y oruga respectivamente. Se llama Cydalima perspectalis pero no hace falta detallar más si la presentamos por su nombre popular: papabuxos.

En efecto, nuestras amigas son una reciente incorporación a la lista de especies exóticas invasoras especialistas en comerse los arbustos de boj y mirto. Nuestro bichito es letalmente eficiente. Desde que aparece la primera oruga en una mata de buxo hasta que dicha mata perece pasan apenas cinco días.

Es una velocidad de destrucción absolutamente vertiginosa a la que ayuda que nuestras amigas están perfectamente diseñadas por la naturaleza para hacerle la puñeta, pero bien, a los bojes. Y es que sus larvas se especializan en comerse los brotes jóvenes, en tanto las orugas adultas comen las hojas de mayor tamaño. La respuesta a cómo llegaron hasta aquí procedentes de su zona de distribución natural del sureste de Asia es una historia que les sonará conocida. Se localizó en Centroeuropa en el año 2006, concretamente en Alemania, y por ahí estaba a lo suyo hasta que pegó el salto al sur.

En el 2014 aparece la primera cita ibérica de nuestras amigas. Y nos tocó bien cerca, en Tomiño, justamente donde apareció también nuestro viejo conocido el picudo rojo de las palmeras. En ambos casos no se necesita mucha perspicacia para encontrar sus causas, que tienen que ver con la importación de plantas ornamentales sin control fitosanitario que llegaron acompañadas de estos involuntarios polizones.

Siguiendo perfectamente al revés el protocolo de actuación en estos casos, cuando se detectó su primera aparición, es decir, cuando el territorio de expansión potencial todavía era perfectamente abarcable, las autoridades competentes se dedicaron a mirar la bella puesta de sol sobre la bahía de Vigo (hermosa como ninguna) hasta que, cuando la expansión del papabuxos ya resultaba incontrolable, por fin empezaron a pensar que quizás, sin prisas ni agobios, se debería hacer algo.

Displicencia

Conste que esta displicencia la agradecieron sobremanera nuestras amigas. Solamente un año después su presencia ocupaba prácticamente todo el Baixo Miño y en el 2016 su expansión era ya incontrolable tanto por la costa, donde conquistaron O Salnés, como por el interior, llegando a las estribaciones de la Serra do Suído en Covelo.

A día de hoy el bichito, además de toda Galicia, ya rebasó el límite de Euskadi y todo el territorio intermedio. Es justo decir que en el fondo nuestras amigas no son sino víctimas inocentes. Ellas no pidieron venir pero, una vez aquí, se limitan a hacer lo que haríamos cualquiera de nosotros, intentar sobrevivir.

Los métodos de control pasan por la vigilancia, pues actuar pronto es vital, y a partir de ahí solo queda aplicar insecticidas, aunque como siempre deberíamos evitar que el remedio sea peor que la enfermedad.

No es necesaria una guerra química que termine llevándose por delante a las cada vez más escasas aves insectívoras (dicho sea de paso, esta dramática disminución es también parte del problema), pues existen productos naturales que demostraron su eficacia.

Remedio

En concreto, las piretrinas extraídas de los crisantemos mezcladas con aceite de colza son un buen remedio, aunque como todos los insecticidas no son selectivos, por lo que debemos extremar la precaución para no dañar a otros insectos beneficiosos como las abejas.

No parece existir ningún control biológico eficaz, aunque irónicamente se detectaron casos de avispas asiáticas (nuestras también conocidas invasoras Velutinas) depredando sobre las larvas de los papabuxos. Otro ejemplo de que es peor el remedio que la enfermedad.

Siendo mirtos y buxos especies muy abundantes en Galicia para su uso en jardinería, ya se imaginarán la inmensa despensa que se encontraron los papabuxos y su consiguiente crecimiento exponencial.

Por toda la ciduad de Vigo nos encontramos aleatoriamente los resultados devastadores de su presencia, pero deberíamos prestar especial atención a jardines históricos, como el de Castrelos, o al excepcional bosque de boj de la isla de San Simón, que está incluído en el catálogo gallego de árboles singulares.

Seguro que se están viendo venir el final de nuestra historia: efectivamente, el Dinoseto y dinosetito también son de boj. No digan que no avisamos.

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