«Ir a hacer la compra me daba pánico»

Personas que sufren fobia social se unen en una asociación para dar a conocer la enfermedad y superar sus miedos

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redacción / la voz 25/04/2017 05:00 h

Tony Lost es algo más que un seudónimo en Internet. Es un apodo que oculta la identidad de un hombre de Ponteareas que, como dice, llegó a desconfiar de las personas porque «había perdido la autoestima y el exterior le parecía un lugar peligroso». Ocurrió hace unos seis años. De repente. Ni se enteró de cómo pudo pasar. «Llevaba una vida más o menos normal, pero con un trabajo estresante. Un día empecé a notar cansancio, falta de ánimo, apatía, insomnio y ansiedad. Todo eso me impedía continuar trabajando de modo normal. Fui al médico, me dio un tratamiento bastante fuerte para superar todo eso. Me recomendaron coger la baja, pero no pude aceptarla porque sabía que, de hacerlo, no me renovarían en el trabajo. Aguanté hasta acabar el contrato y luego poder coger un año sabático», cuenta en una entrevista realizada por correo electrónico, la forma de protegerse.

Grupos de terapia

Aunque ha ido mejorando, todavía no está del todo bien. Le diagnosticaron trastorno de ansiedad social como respuesta a un estado de estrés continuado. No es el único que lo padece en Galicia. Su problema: relacionarse con los demás. Las nuevas tecnologías le han servido de ayuda para dar un primer paso en su recuperación, para volver a relacionarse aunque sea con ese avatar llamado Tony Lost con el que camina en el mundo virtual. Saltar de nuevo a la vida real es otra cosa. Resulta mucho más complicado. La Asociación Española de Ayuda Mutua contra la Fobia Social y Trastornos de Ansiedad (Amtaes) trata de echarles una mano para que puedan reconectar con el mundo.

Con la terapia, Lost ha logrado «controlar los estados de ansiedad y bajar un poco la medicación, pero no he logrado volver al trabajo. «Tengo ingresos mínimos porque estoy en un estado de incapacidad laboral». Y es que durante el año sabático no solo no mejoró. «Empeoré», dice.

Comenzó a aislarse. «Salir a hacer la compra o ir a cortar el pelo eran un gran sufrimiento porque notaba que estaba en peligro. Ese estado de pánico agudo era lo que provocaba que inventara estratagemas para evitar salir. Perdí mis amistades, me quedé solo, tenía miedo hasta de mi propia familia», recuerda. El miércoles pasado salió a la calle. Lo hizo para encontrarse con Elda Marin, el nick de la madre de otro joven que tiene su mismo problema y que es miembro a la vez de la directiva de Amtaes.

«¿Puede poner mi nick en lugar del nombre en el artículo?. Por mi hijo y por mi familia, para que no se vean expuestos», ruega esta mujer que nació en Salvaterra do Miño, pero ahora vive en el País Vasco. Antes de contar su experiencia de años como bastón de su vástago.

Como Tony Lost, descubrió la asociación buscando información sobre este trastorno en Internet. Ambos comprobaron que el colectivo había formado varios grupos de ayuda mutua entre personas que tenían su mismo problema. Se reúnen cada veinte días, hablan del problema que los oprime y comprueban que «hay algunos afectados que están en un estado de aislamiento inicial, otros están en plena cumbre debido a que no tenían recursos para salir a flote», dice Tony Lost.

La ruta para salir de ese aislamiento es dura. No solo para los que lo sufren, también para el entorno. Para los que ven cómo sus seres queridos se van encerrando en un mundo que trae asociadas otras patologías como la anorexia o la bulimia. Fue lo que le ocurrió al hijo de ella. Empezó a detectar que algo le ocurría en la adolescencia. «Miraba a los lados, primero pensé que era una cuestión de timidez, pero pronto me di cuenta de que no lo era. Llegó a dejar de comer, acabó en un problema cada vez más grave», recuerda esta madre que acabó totalmente involucrada en la búsqueda de una salida para la enfermedad de su hijo.

Con el tiempo y la terapia en grupo va cada vez mejor. Pero no está a salvo. Aunque han pasado años, todavía no es capaz de tener una relación normal con el mundo.

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