En Covelo, la fábrica de centenarios

Las dos mujeres más longevas en uno de los concellos con más centenarios de Galicia son solteras


covelo / la voz

«A bailar non me gañaba ninguén».

-E a correr tampouco, eh?

-Tampouco. Pero eu non corría detrás dos mozos, como fan agora.

Tan poco corrió Pilar detrás de los mozos que a sus 103 años y medio sigue soltera. Dicen sus sobrinas que Pilar es una persona alegre, pero que no le gustan los hombres barbudos. Quizás por eso se muestra recelosa ante mis preguntas y responde con toda la retranca que ha acumulado en su vida centenaria. Ella es una de las superabuelas de Covelo, uno de los cuatro municipios de la comarca pontevedresa de A Paradanta, la que mayor número de centenarios tiene por habitante. En el país donde cumplir cien años ha dejado de ser noticia, la mayor concentración por habitante se acumula en esta zona del sur de Pontevedra, limítrofe con Ourense y Portugal y donde la belleza natural circula por cada una de sus corredoiras. «Aquí la media es de unos 92 años», admite la directora de la residencia de la tercera edad. Allí, la mayor es Claudina Bouza, otra soltera de 102 años con humor todavía para pintarse las uñas. Cuando habla, a veces lo hace sin voz. Explica que trabajó mucho, que tuvo que cuidar de su madre: «Eramos cinco irmáns e quedei eu sola». Su sobrina, Carmen, ayuda a que nos entendamos: «Los hermanos fueron todos muy longevos. Una hermana murió con 102 y otra con cerca de cien años también».

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Claudina Bouza tiene 102 años y vive en la residencia de Covelo. Sus sobrina es su familiar más cercano y quien la vista con frecuencia.

El alcalde, Pablo Castillo, dice que no hay truco, pero sí buena genética. Claudina tampoco tiene fórmulas. Y, si las tiene, no las cuenta. ¿Tiene alguna Pilar Durán, también con 103 años?: «Hai que escribir na porta: eu quero vivir tantos anos e que non veñan antes por min». Pilar está pasando el invierno en Vigo, en casa de su sobrina y devolviendo como puede las preguntas del impertinente que ha venido a perturbarle la tarde. En Paraños, una parroquia de Covelo, está mejor. Allí está la casa en la que nació y en la que pasó la mayor parte de su larga vida: «Unha vez estiven en Venezuela», aclara. Y el recuerdo volverá muchas veces a lo largo de la charla. Pilar se anima sobre todo cuando entra en la conversación el tema de la fiesta y el baile: «A bailar non me gañaba ninguén», repite. Y se anima a marcar unos pasos con los brazos levantados. «As festas de antes eran moi bonitas, agora son unha porcallada», se queja Pilar que, por supuesto, tiene en Luar su programa favorito.

«Se viste ella sola todos los días y, hasta hace dos años, entraba y salía ella sola de la bañera», explica su sobrina. Pilar hace como que no está atenta, pero en sus ojos se aprecia que no pierde ripio: «Cando morreu o papá, estivemos sete anos de loito. Non houbo festa ningunha», aclara. En cuanto a su salud, no tiene graves problemas: «Apenas toma medicación, una pastilla para el párkinson, que yo creo que ya ni tiene», explica su sobrina.

Claudina, en la residencia de Covelo, tampoco toma muchos medicamentos. Está operada de las dos caderas pero se mueve en silla de ruedas: «Aunque estoy vieja, no ando abandonada», me aclara. Y la sobrina añade otro matiz: «La residencia se la está pagando ella, con su pensión y sus ahorros». Al fin y al cabo, no tuvo hijos que mantener. Le pregunto que por qué no se casó y entonces mira con cara de saber la respuesta y no querer decirla: «Cuéntale, Claudina, cuéntale la historia de aquel de León que quería que te fueras con él», le anima la sobrina. Pero esa historia no saldrá a la luz. Hoy no.

Las dos abuelas de Covelo, casi quintas, las de mayor edad en una auténtica fábrica de centenarios, reserva genética de la longevidad gallega, llegaron hasta aquí alejadas de las fatigas que producen maridos e hijos. ¿Será esa la clave? El alcalde sonríe y añade que, aparte de la genética, hay que tener en cuenta el aire y el agua que recorren este concello de media montaña atravesado por el río Tea. Así que, si van por allí, no pidan agua. Podrían llegar a cumplir cien años.

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