Una escuela de valores en torno a la canasta

El técnico prioriza el aprendizaje del espíritu de equipo, la empatía y el compañerismo al baloncesto en sí

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Vigo / La Voz

En Redondela siempre ha habido afición al baloncesto. «Ibas a las canastas y era raro que no te encontrabas a gente jugando, pero en cambio faltaba un equipo propio», dice Diego Veiga. Él mismo, originario de ese municipio, jugó toda su vida en Arcade hasta que hace seis años nació el Club Baloncesto Redondela. En cuanto supo del proyecto se interesó por él y enseguida se incorporó como jugador. Ahora entrena a dos de los equipos del club que preside la excéltica Paula Fernández.

«En cuanto supe que se fundaba me vine para aquí. Han pasado seis años y vamos poco a poco. Pasamos de dos equipos a ocho, tanto base como sénior, que se hizo el segundo año», recapitula el técnico. Jamás pensaron que en el tiempo que ha transcurrido lograrían contar con un centenar de baloncestistas, que es la cifra que actualmente forma la «familia» el club. Él fue uno de esos jugadores. «Cuando lo dejé estaba en el paro y me propusieron entrenar. Es algo que siempre me había apetecido hacer y no dudé en aprovechar la oportunidad».

Comenzó con los benjamines y actualmente se encarga de ellos y de los alevines. «Al principio con ellos todo son juegos. Me centro mucho en su formación como personas. El baloncesto va cobrando importancia a medida que se avanza, pero al ser tan pequeños es secundario», comenta. Por eso primero se focaliza en «que sepan compartir, tratarse bien unos a otros, que tengan espíritu de equipo y empatía, que no haya envidias y por supuesto tampoco insultos o peleas».

De los juegos se pasa a lo más básico: botar sin correr con el balón, que es algo que les cuesta. «Comparado con el fútbol, por ejemplo, este es un deporte más complejo. En el fútbol le das al balón para adelante y ya está, mientras que en el básquet necesitas botar mientras caminas», ejemplifica. También les cuesta «botar con la mano mala». Pese a eso, calcula que «de los niños que empiezan, no son más de un 5 % los que lo dejan».

No les cuesta familiarizarse con las normas. «Enseguida aprenden lo que son los dobles y los pasos, y con el resto no hay problema. Aparte de que el minibásquet todavía no hay tantas reglas, porque si no los pobres no jugarían». Los más pequeños tienen cinco años, porque aunque no compiten con federados hasta los seis, tanto ellos como otros clubes organizan los torneos llamados babys. «El juego va cambiando mucho a medida que crecen. Los pequeños no juegan de espaldas al aro casi nunca. Se trabaja más el uno contra uno e ir hacia adelante para aprender esos recursos. Luego ya vas añadiendo los bloqueos y cosas más complicadas». Con el paso del tiempo, añade, son los chavales los que van pidiendo que se les enseñen cosas concretas. «Van teniendo curiosidad por cómo hacer un reverso, pasarse el balón debajo de las piernas... Aspectos cada vez más técnicos».

Sobre las cualidades que se necesitan para este deporte, Veiga descarta que la estatura sea en sí misma una de ellas. «El que es alto tiene facilidad si está debajo de la canasta, pero más complicaciones porque a la hora de botar tiene que llegar el balón más arriba hasta su mano. En el pequeñito el bote es más bajo y es más fácil que se lo quiten», analiza. A cambio, le da más importante a la coordinación como característica diferencial.

Recalca el entrenador que los resultados no son la prioridad, aunque «a todo el mundo le gusta ganar». «Lo primero es formar a los chavales, que les guste el deporte, que no estén en la calle o en casa jugando a la consola, sino que se integren, aprendan a compartir, a relacionarse», subraya. A él le fascina asumir la faceta de técnico y . «Me encantaba jugar, pero es diferente sentirse el jefe de alguna manera, que estén pendientes de ti, que seas como un pequeño ídolo que les puede enseñar cosas». Su función desde hace casi seis años.

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