El mar siempre gana

Samil, A Punta y Alcabre son claros ejemplos de la fallida fabricación artificial de arenales

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Suben las temperaturas, se acerca la primavera. La playa nos llama y vamos, sin saber que se trata de zona de guerra. La terquedad de verter arena donde el mar decide sacarla es un empeño absurdo y muy caro. Cualquier batalla que se emprenda contra la naturaleza solo puede aspirar a una victoria pírrica, pero luchar contra el mar es simple ingenuidad.

Aunque en nuestra escala temporal parecen inamovibles las playas son dinámicas, aparecen y desaparecen. Eso sí, en pacientes procesos de miles de años. El problema es que de pronto comprobamos que algo está pasando: desaparecen a ritmo vertiginoso.

¿Por qué? Las cuencas fluviales que aportan arena están sistemáticamente cortadas por presas y embalses. La orografía de la costa cambia permanentemente con nuevos rellenos y espigones. Consecuentemente, la dinámica litoral y la batimetría se altera, erosionando ahora zonas donde antes sedimentaba la arena. La reserva de aporte que suponían las dunas es sistemáticamente sepultada bajo paseos marítimos, chiringuitos, carreteras y zonas de recreo, urbanizaciones (legales y de las otras).

El resultado final, como decía la canción es que «al llegar agosto, vaya, vaya... aquí no hay playa». Pero la gente reclama playas, cuanto más grandes y con más superficie de arena seca en pleamar mejor. Es un clamor popular que, a falta de una naturaleza dispuesta a colaborar para cumplir el antojo social, se suple con la inteligencia política, que siempre queda bien presumir de banderas azules e inaugurar paseos marítimos, aunque se tenga que fabricar la playa ex profeso. Y así nos va.

Alteraciones

Ante esta situación se aplica el sistema fácil, aunque caro, de aportar arena año tras año, calificando la ocurrencia eufemísticamente además como regeneración playas cuando en muchos casos se trata sencillamente de crear playas artificiales.

Comprobar el efecto de cómo esta acumulación de alteraciones lleva en la práctica a la desaparición de una playa es tan sencillo como acercarse al entorno de Samil, gradualmente a punto de quedarse su paseo directamente sobre el agua tras décadas perdiendo arena y con sus dunas desaparecidas bajo el paseo, o las playas de Alcabre, que sufren las alteraciones del prolongado espigón del Museo do Mar. Este afectó indirectamente a su fauna submarina, antaño una de las más ricas en biodiversidad.

Pero un ejemplo paradigmático es la playa de A Punta, en Teis. Originalmente un pequeño arenal que el muro de la ETEA hizo aumentar reteniendo artificialmente la arena. La inicial alegría que se produjo en su día por la retirada del muro se tradujo, como los ecologistas advertimos, en la perplejidad de comprobar cómo en tres meses la playa dejaba de existir. Allí desembarcaron Alcaldía y Ministerio tirando centenares de metros cúbicos de arena sin estudio de impacto ambiental conocido no solo para reconstruir la playa ya artificial, sino ya puestos para quintuplicar su tamaño. Pero el mar dijo que no. Más arena vertida y más negativas del mar después, algunas voces ya hablan tímidamente de... ¡reconstruir el muro de alguna forma!

Pero el problema no se queda solo en comprobar que el océano termina venciendo el empecinamiento de alcaldes y ministras. Esa arena que el mar se lleva no desaparece sino que se distribuye en otro lugar a lo largo de la ría. Quizás la arena que desaparece sistemáticamente de la playa artificial de A Punta esté aumentando, gratis, las playas de Cangas. Pero más probablemente quizás estemos colmatando la ensenada de San Simón, alterando los bancos marisqueros y las zonas de cría de muchas especies comerciales o no, aumentando su temperatura y salinidad.

No solamente alteramos el ecosistema, sino que el sector pesquero tradicional del interior de la ría y el de marisqueo a pie pueden ser las víctimas a medio plazo de este absurdo.

En lugar de conservar y potenciar la ventaja comparativa que supone la diferencia de nuestra naturaleza litoral frente al modelo desarrollista del Mediterráneo, con un entorno aniquilado al servicio del turismo de sol y playa, pretendemos atraer turistas reproduciendo el mismo esquema del que huyen, con playas de mentira y palmeras hawaianas.

Ni los vigueses nos imaginaremos que Samil es Benidorm, ni los visitantes que rechazan ese tipo de turismo y buscan precisamente una alternativa comprenderán por qué destrozamos nuestros valores naturales. Además, les engañamos. En todos los materiales de promoción turística mostramos las excelencias de unas playas y unos entornos que poco a poco ya no existen.

Quizás estamos alterando bancos marisqueros y zonas de cría

Para comprobar cómo desaparece una playa basta acercarse a Samil

Hay opciones para decidir el modelo que queremos para nuestro litoral. Muchas actuaciones son incompatibles con la conservación que, no olvidemos, implica también a un importante y complejo sector económico. Aunque algo hemos avanzado. Cuando hace años dijimos que el paseo marítimo de Samil podría significar la desaparición de la playa y proponíamos su eliminación se consideró una herejía. Hoy son numerosas las voces políticas y científicas que asumen la evidencia de que solamente retirar el paseo tierra adentro puede garantizar el mantenimiento de la playa, de hecho esa actuación se anuncia como inminente cada cuatro años. Es el camino correcto. Si queremos playas naturales debemos convertir al mar en nuestro principal aliado, empezando por eliminar los obstáculos que las hicieron desaparecer. Por lo menos evitemos reiterar los errores, no sigamos creando playas artificiales, diseñemos las infraestructuras litorales teniendo siempre en cuenta la dinámica de corrientes, batimetría, especialmente los paseos marítimos y urbanizaciones. Abandonemos definitivamente nuevos rellenos y ampliaciones de los ya existentes y aprovechemos cualquier obra necesaria para reconstruir sobre pilotes las murallas que en su día enfrentamos al mar.

CHEQUEO AL MEDIO AMBIENTE LA «REGENERACIÓN» DE LAS PLAYAS