«Con el atletismo estaba en una burbuja, ahora empiezo a vivir»

El deporte fue una válvula de escape para la mejor atleta gallega de todos los tiempos, pero también una gran presión que la llevó a explotar y a decir basta

S. Antón
vigo/La voz.

La mejor atleta gallega de todos los tiempos es una persona sencilla y sensible que aún se emociona con el cariño de la gente cuando acude a las carreras populares.

La vida de Julia Vaquero no ha sido precisamente un camino de rosas y eso, sin duda, pesa.

El hecho de quedarse sin padre con 12 años le obligó a ayudar a su madre y a trabajar en casa y en el campo para salir adelante. Hasta entonces había vivido con sus abuelos, como tantos otros niños gallegos con padres emigrantes. De hecho, Julia nació en la localidad de Chamonix, en plenos Alpes franceses, y con apenas dos meses se quedó en la casa familiar de A Gándara (A Guarda).

Lo que más le gustó siempre fue la psicología y la pedagogía, pero sin quererlo se vio envuelta en la vorágine del mundo del deporte desde muy pequeña, cuando con nueve años ganó una carrera escolar. Después llegaron los campeonatos, entrenadores y su pareja que, como ella, también se dedicaba al deporte.

Si algo tuvo claro siempre es que lo primero eran los estudios, se dejó llevar por la inercia y se licenció en Educación Física con la idea de que tendría más salida profesional. Pero lo que realmente le gustan son los niños. Aunque su carrera está más orientada a jóvenes, su ilusión sería trabajar con los más pequeños y combinar sus dotes pedagógicas con las deportivas.

Llegó a dar clases como interina durante un año y, al final, lo dejó para dedicarse en exclusiva al atletismo. No podía con todo y apenas tenía tiempo para dormir. Fue entonces cuando obtuvo sus mejores marcas, batió récords, acudió a la olimpiada y se situó entre las mejores del mundo.

Alto nivel

«Para mí el atletismo fue una válvula de escape, aunque es un deporte en el que hay que sufrir y al final explotas por todo lo que genera la competición de alto nivel, y más en mi caso que soy muy perfeccionista», explica la deportista guardesa. Tanta presión la llevó a odiar el atletismo y la condujo a una depresión. «Llegué a odiarlo porque te convierte en una máquina; con el atletismo estaba en una burbuja, ahora empiezo a vivir y veo el deporte de otra manera».

Para encontrarse a sí misma y renovar fuerzas acude con frecuencia a la desembocadura del Miño, su rincón. «Me encanta ver Portugal, me relaja porque pienso: si estuviera allí todo sería distinto al ser otro país, aunque luego no sea así».

Reconoce que hubo algún momento en el que se vio envuelta por el manto de la fama, pero consiguió mantener los pies en la tierra y, sobre todo, siempre respetó a sus contrincantes. «Quiero desmitificar que soy diferente a los demás. Aunque los que me conocen lo saben bien; mi nombre todavía pesa».

Una de las cosas que más le emocionan es el cariño que le demuestra la gente cuando participa en las carreras populares, pese a transcurrir más de una década de sus grandes éxitos.

«Este invierno me pasó una cosa muy curiosa. Un sevillano quería saber qué había sido de mí, indagó y consiguió mi teléfono a través del entrenador, me gratificó mucho. Luego está el caso contrario, el de aquellas personas que antes estaban contigo y de las que ahora no sabes nada», concluye la atleta gallega.

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