Sobral, funambulista de la saudade

El cantante portugués hermana la melancolía del fado y el jazz, reflejo de una carrera en la que se ha mostrado alérgico al éxito y aquejado por la enfermedad

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redacción / la voz

Entre Amália Rodrigues y Chet Baker puede trazarse una delgada línea que une a dos prodigiosas personalidades musicales: la melancolía. Sobre ese fino alambre, como un funambulista de la saudade, el cantante portugués Salvador Sobral supo mantener el equilibrio a lo largo de un complicado recorrido que lo ha llevado hasta el triunfo en Eurovisión. Era la primera vez que Portugal lo lograba, gracias, paradójicamente, a alguien que no había visto nunca el certamen. La aparente facilidad con la que Sobral alcanzó la victoria -obtuvo 758 puntos en una noche en la que ya partía como favorito- contrasta con las dificultades y reticencias que han marcado su participación, y que se pueden hacer extensivas a su carrera.

A sus 27 años, Salvador Vilar Braamcamp Sobral -su nombre completo- ya sabe que la música da tantas decepciones como alegrías. Pudo haber sido uno de esos juguetes rotos de la industria cuando a los diez años participó en el concurso televisivo Bravo, bravíssimo. Pudo haber sido un adolescente desnortado cuando repitió, después de que una novia lo inscribiese sin él saberlo, en la pequeña pantalla con el certamen Ídolos. Él, en cambio, decidió renunciar a dejar que manipulasen su talento natural para la música y perseguir una carrera como psicólogo deportivo: el fútbol, en concreto el Benfica, es otra de sus grandes pasiones.

Los estudios y una beca Erasmus lo plantaron en Mallorca, donde conoció otra faceta del negocio musical: el dinero fácil. En bares y hoteles descubrió que su prodigiosa voz le podía reportar cómodos ingresos cada noche, que misteriosamente ya se había gastado cuando despuntaba el alba. Como su admirado Chet Baker, el hedonismo y el escape narcótico que rodean los escenarios lo tentaron. Llegó el inevitable invierno: se acabaron las galas y los euros, pero al menos persistió el despertar de una vocación que necesitaba formarse.

En vez de volver al Atlántico de su Lisboa natal decidió quedarse en el Mediterráneo. En el Taller de Músics de Barcelona perfeccionó los registros de su voz y amplió su paleta, un reflejo del mismo viaje que había hecho antes su hermana Luísa al norteamericano Berklee College of Music. Ella, dos años mayor que Salvador y con cuatro álbumes en su haber, le marcó el camino de terciopelo del cool jazz y le ayudó con su debut, Excuse me. Fue Luísa también quien le comentó que había compuesto una canción para el concurso portugués que elegiría el tema que se iba a presentar a Eurovisión. La negativa de Salvador se desintegró cuando escuchó Amar pelos dois

Inocencia y timidez

Si la canción difícilmente encajaba en el molde eurovisivo, menos aún su intérprete. Con su aire frágil, de inocente -nació un 28 de diciembre- tímido entre el aplomo y la rotundidad de sus competidores, su sobria puesta en escena contrastaba con el derroche luminoso y sonoro que caracteriza el festival. Con ese aspecto desvalido que invitaría a darle un abrazo solidario sino fuese por el temor a que se descoyunte, podría haber exagerado las dificultades derivadas de su insuficiencia cardíaca y la operación de hernia que le impidió ensayar. Según el portal portugués Flash, Sobral necesita un trasplante y se encuentra en lista de espera. En cambio, hizo gala de una naturalidad absoluta, sin impostados gritos de júbilo ni sonrisas postizas. Lejos de todo triunfalismo, aprovechó que tenía el trofeo en la mano para reivindicar una canción que regrese al sentimiento y deje de ser un consumible desechable. Sin falsas modestias, reconoció que Eurovisión no es lo suyo, pero que su «misión» era hacer ver que otra música era posible, a la vez que ayudaba a su país y su cultura, sin renunciar al idioma.

Los excesos de la fama perdieron a Baker. Ayer a Sobral se le veía apabullado, pero con la agudeza para hacer notar que si hace un año le costaba contratar conciertos, ahora se lo rifan. Su naturalidad le puede ayudar a esquivar las tentaciones que trae el triunfo, mayores que nunca.

 

«Salvadorable», una inyección de autoestima para Portugal

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El papa Francisco acababa de concluir su visita a Fátima y el país despedía uno de esos días históricos. Pero aún no había terminado. Sobral redondeaba una jornada para recordar regalándole a su país el triunfo en Eurovisión y, de paso, toda una inyección de autoestima y orgullo. Si el año pasado fue la selección de fútbol la que redimió a sus compatriotas de los rigores y aflicciones de una cruel crisis, el sábado fue el cantante el que sacó las banderas a la calle.

Ese sacar pecho impregnó los mensajes de las autoridades, por lo general comedidos en sus efusiones. «Cuando somos muy buenos, somos los mejores entre los mejores. Felicidades, Salvador Sobral», declaró el presidente de la república, Marcelo Rebelo de Sousa. Por su parte, el primer ministro, António Costa, apeló a la trascendencia de la gesta: «Una página de la historia se ha escrito en portugués esta noche en Eurovisión. ¡Bravo Salvador! ¡Bravo Portugal!».

Las celebraciones coincidieron también con la proclamación como campeón de liga del Benfica, precisamente el equipo del que el cantante es hincha. «Salvador, Salvador, Salvador», corearon los aficionados, que lo bautizaron como «Salvadorable».

Ayer, el intérprete y su hermana Luísa fueron recibidos como héroes en el aeropuerto de Lisboa por centenares de personas, que se referían al cantante como «o nosso Salvador». A pesar del visible cansancio del certamen y la expectación, Sobral bromeó con su éxito, que convierte a Portugal en sede del festival el próximo año: aunque le costará bastante dinero a la televisión pública, cree que será bueno para el país. De momento, su triunfo ha sido providencial.

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