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El hombre tranquilo de la Iglesia

Ricardo Blázquez ha sido reelegido para seguir al frente de la Conferencia Episcopal Española


redacción / la voz

«El tal Blázquez», calificación realizada por Xabier Arzalluz en 1995 cuando se convirtió en obispo de Bilbao, después de ejercer como auxiliar en Santiago, se ha convertido treinta años después en el auténtico hombre fuerte de la Iglesia española. Sin aspavientos, sin un carisma arrollador, asume desde ayer su tercer mandato al frente de la Conferencia Episcopal Española, algo de lo que muy pocos pueden presumir. La primera vez que accedió al cargo fue por sorpresa. Pocos podían imaginarse en el 2005 que un simple obispo pudiera arrebatar el cargo al todopoderoso Antonio María Rouco Varela, el hombre fuerte en España de Juan Pablo II y Benedicto XVI, que hasta entonces había dirigido con mano férrea a los purpurados españoles. Cuentan que ambos papas consideraban que Ricardo Blázquez (Villanueva del Campillo, Ávila, 1942) era demasiado blando como para dirigir la cruzada que la Santa Sede y la propia Iglesia española había iniciado contra las políticas «antieclesiásticas» del por aquel entonces presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero. La fricción llegó a su momento crítico, con la histórica foto de los arzobispos al frente de la manifestación en contra del matrimonio homosexual.

Desde la segunda línea

Blázquez, prudente, se mantenía en una discreta segunda línea, en la sombra. Hasta que tras la sorpresiva elección de su primer mandato hizo valer las cualidades de los que creyeron en él, las que hablan de un hombre tranquilo, dialogante y conciliador, pero firme a la vez. Son las virtudes que aún hoy atesora desde su verbo pausado, sin una palabra más alta que la otra. Blázquez rehúye las polémicas y busca el consenso, una táctica que le funcionó y con la que fue capaz durante la primera etapa de su cargo de amansar las turbulentas aguas de la Iglesia católica en España. Es cierto que Rouco Varela recuperó tres años después, en el 2008, la presidencia de la conferencia episcopal, pero Blázquez había afianzado en torno suyo a un nutrido grupo de fieles que creyeron en él. Fueron los que lo devolvieron el poder en el 2014. Y los mismos que ahora le acaban de renovar la confianza con 52 votos, por los 20 del cardenal Antonio Cañizares, que también había sido su segundo entre el 2005 y el 2008. Pero ambos son muy distintos. Mientras que el arzobispo de Valencia está considerado como el guardián del dogma, en la línea de su benefactor Benedicto XVI, Blázquez sigue siendo el mismo hombre conciliador. Pero el abulense, que fue nombrado arzobispo en el 2010 y cardenal hace dos años por el papa Francisco, también tiene críticos entre los que no ocupan las posiciones más extremas de la Iglesia. Le achacan que, lejos de ser un reformador, no tocará nada. Mantendrá todo igual. Y muy probablemente también eche en falta al que fue su segundo en los últimos tres años, el arzobispo de Madrid Carlos Osoro, el hombre de Francisco en España, que ya no ocupará la vicepresidencia.

«Mi reloj y el de Antonio Cañizares marcan la misma hora», asegura

«Ninguno de nosotros tenemos el reloj parado; estoy seguro de que vuestros relojes y el mío y el de monseñor Cañizares marcan la misma hora», aseguró ayer Ricardo Blázquez cuando le preguntaron cómo iba a afrontar el mandato con un vicepresidente alejado de posiciones moderadas como la suya, como puede ser el caso del arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares. De hecho, ambos ya coincidieron en una etapa anterior con los mismos puestos. «No es una vuelta atrás, sencillamente es una segunda vez», dijo, tras agradecer el apoyo que le ofrecieron los prelados.

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