El pasado oculto del monte de O Pindo

Geólogos hallan cerámica del siglo IV y bacterias que comen la roca en cuevas como cuando surgió la vida en la tierra

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carballo / La Voz 11/02/2017 05:00 h

El monte de O Pindo, la enorme mole formada hace 350 millones de años en las entrañas de la Tierra, atesora un mar de secretos. Las historias y las leyendas convirtieron esta masa rocosa llena de esculturas naturales en un filón para los románticos y los amantes de la naturaleza, pero también lo es para la ciencia, y cada vez más. En una de sus cuevas, los científicos Juan Ramón Vidal Romaní y Marcos Vaqueiro Rodríguez comprobaron el fenómeno de la segunda fase de la vida, con hasta 300 especies de bacterias que se van comiendo la roca. Y hasta encontraron restos arqueológicos que revelan la presencia humana en estas grutas en edades pretéritas.

En una de sus últimas expediciones localizaron un nuevo trozo de cerámica, datada en el siglo IV. Tiempo atrás ya habían encontrado un vaso campaniforme, de unos 5.000 años de antigüedad, lo que para Vidal Romaní demuestra que en estas grutas de muy difícil acceso hubo humanos durante varios milenios. Meterse en los recovecos de la Cova do Acivro es como introducirse en las entrañas de O Pindo.

A últimos de diciembre del pasado año, Vidal y Vaqueiro bajaron a las salas cubiertas por los gigantescos bolos de granito y cuando exploraban el sistema subterráneo encontraron ese trozo de cerámica. Un profano no le daría importancia, pero el ojo de Vaqueiro la enfiló a la primera. Estaba sobre una base de pequeñas piedras bañadas por el agua en un pasillo de menos de dos metros de ancho y unos siete u ocho de largo. Resultó ser «la base de una vasija de color negro que tenía adherida una costra de carbonilla», cuenta el geólogo. Envió al laboratorio Beta de Florida (USA) «unos miligramos de esa costra dejada por el fuego».

El catedrático de Geología de la Universidad de A Coruña y director del Instituto Xeolóxico Isidro Parga Pondal, Juan Ramón Vidal, acaba de recibir los resultados de los análisis de la muestra por método del radiocarbono: «Y nos dio una edad, como dicen los arqueólogos, entre tardo antigua y visigótica, unos 1.630 años antes de ahora». Su conclusión es que «estas cuevas eran conocidas desde hace miles de años. Fueron ocupadas -añade- temporal o permanentemente».

No obstante, no fue el único hallazgo de los profesores en este lugar. Bajar por los huecos del Acivro no es para gentes con problemas en los huesos ni con vértigos. Muestran una gran destreza a la hora de introducirse por lugares angostos, por los que ni siquiera puede pasar una persona con mochila y cámara de fotos. Con los cascos de espeleólogo a la cabeza, los profesores llevan el material en los bolsos y lo van metiendo por las hendiduras y los espacios que dejan los enormes bolos apilados después de un enorme derrumbe ocurrido hace más de 24 millones de años cuando se levantó el Pindo y se creó la cascada del río Xallas en O Ézaro. Y por los huecos van metiendo el cuerpo. Siguen la música que el agua deja oír al saltar entre las peñas. Es su gran aliada. Si suena es que hay hueco. Abajo están las salas, donde la vida se esconde y solo se manifiesta en forma de manchas en las paredes y los techos, una especie de cáncer que va carcomiendo el cuarzo.

En O Acivro comprobaron lo que es la segunda fase de la vida. La primera se originó en el mar. La gran masa de agua de los océanos protegía las bacterias de las radiaciones solares y cósmicas. En las cuevas graníticas, sobre las que Marcos Vaqueiro elaboró su tesis doctoral, que leerá próximamente, se puede ver la segunda fase, representada por 300 especies diferentes de bacterias en este submundo al que no llegan los rayos solares. Se ha secuenciado su ADN. Por allí discurre un río subterráneo, y en la humedad condensada en las paredes de roca lograron desarrollarse. «Es otro estado más avanzado de la vida», explica Vidal Romaní. Están protegidas de las radiaciones solares y cósmicas. Se alimentan del silicio del granito, lo degradan y lo transforman en ópalo biogénico.

Las paredes revelan el proceso. Grandes colonias de seres vivos microscópicos tiñen la piedra de gris violáceo, más soluble. La degradación de la roca genera en algunas partes unas pequeñas estalactitas.

La forma actual de O Pindo apenas se modificó desde que el granito se enfrió a 20 kilómetros de profundidad. Llegó a la superficie hace 200 millones años, cuando la erosión se llevó las rocas y los sedimentos, pero se detuvo al llegar a la masa rocosa actual. Y si el monte alimenta la fantasía, sus entrañas dan vida a la ciencia y protegieron a la especie humana durante miles de años.

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