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El Día da Ciencia en Galicia, para el padre de la química orgánica

La Real Academia rinde homenaje a Ignacio Ribas, valedor de los productos naturales autóctonos

redacción / la voz, 17 de febrero de 2016. Actualizado a las 05:00 h. 9

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Si Ignacio Ribas Marqués (Palma de Mallorca, 1901-Santiago, 1996) viviera hoy, estaría clamando en primera línea contra los recortes en ciencia. Era un apasionado defensor de la investigación, lo que predicó con el ejemplo, y del valor de la ciencia y su transferencia a la sociedad como verdadero motor del progreso. Y lo fue en una época oscura, en el franquismo, donde la investigación en la universidad quedaba relegada a la anécdota. Él fue una de las excepciones. Rivas fue el auténtico impulsor de la química orgánica en Galicia y el gran valedor de la investigación de los productos naturales autóctonos para su aplicación en la industria farmacéutica o cosmética. Trabajó hasta los 82 años en la Universidade de Santiago y dejó un enorme legado científico y de formación -dirigió 68 tesis doctorales, de los que 11 acabaron siendo catedráticos- que ahora le ha valido para ser el homenajeado de este año en el Día da Ciencia en Galicia, que coincide con el vigésimo aniversario de su muerte.

Así lo anunció ayer la Real Academia Galega de Ciencias (RAGC), que con esta iniciativa pretende reivindicar la importancia de la investigación a través de sus figuras más destacadas. El acto oficial se celebrará aún el 8 de octubre, pero a lo largo de estos meses se llevarán a cabo actividades de divulgación de su figura en colaboración con la Fundación Barrié y con las instituciones científicas a las que estuvo vinculado (Universidade de Santiago y CSIC).

«Sin ninguna duda fue el creador de la escuela de química orgánica en Galicia», valora Luis Castedo Expósito, catedrático emérito en la USC que fue su discípulo y acabó siendo su yerno. Fue el impulsor del laboratorio de la especialidad, que se erigió en el germen de lo que es hoy el Instituto de Investigacións Agrobiolóxicas de Galicia (CSIC) y de la sede de la actual Facultad de Química.

«Meras fábricas de títulos»

Ignacio Ribas inició su carrera en la Universidad de Salamanca, donde fue nombrado catedrático a los 27 años. En ese momento, en el discurso inaugural del curso 1930-31 que le tocó leer, ya dejó muy claro cuáles eran sus credenciales. Acusó a las universidades de ser meras fábricas de títulos, «pobrísimas en producción científica». «Los países que no tienen ciencia son pobres, viven una vida moral y material mediocre. En lo moral, son esclavos de los prejuicios que engendra la ignorancia. En lo material, viven sometidos a los poderosos», llegó a decir en un mensaje pleno de actualidad. Pero en su época fue una rara avis. Coincidió con Miguel de Unamuno, rector entonces de la universidad y al que acompañaba en sus paseos, pero su pasión era la investigación.

«Lo consideraban un bicho raro, porque se pasaba todo el día en el laboratorio. Trabajaba continuamente e incluso tenía que ir por las casas a buscar a sus discípulos para que se pusieran a trabajar», explica Castedo Expósito.

La misma filosofía aplicó cuando llegó a Santiago con 41 años. «Decía -apunta Castedo- que todo aquel que reciba un sueldo público debía trabajar como un obrero, de diez a dos y de cuatro a ocho. Y si llegábamos tarde nos llamaba la atención». Antes pasó un año por Valencia, tras ser depurado por el franquismo en Salamanca. Era de Izquierda Republicana, pero con un prestigio enorme y ni el propio Régimen quiso prescindir de sus servicios. Pero en Valencia no hizo demasiados amigos. «Le pidieron que leyera el discurso de apertura del curso y le incluyeron un fragmento en el que tenía que pedir una lápida para los estudiantes voluntarios de la División Azul, pero el se negó», advierte su yerno.

Ya en Galicia centró sus investigaciones en la obtención de productos naturales procedentes de plantas autóctonas y de la corteza del alcornoque. Trabajó con Zeltia con el alcaloide de un hongo del parásito del centeno utilizado para facilitar el parto a las mujeres y reducir el sangrado e identificó nuevas sustancias con potencial farmacéutico que bautizó con nombres como orensina, pontevedrina, coruñina o santiaguiña. «Sirvió -apunta Castedo- para que el nombre de Galicia se conociera en el mundo, porque sus trabajos se publicaban en revistas científicas en inglés para todo el mundo».

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