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Campanas de Belén

Me sucede todos los años por estas fechas: los villancicos hacen que mis pensamientos vuelen a Belén. Pero al auténtico, a la ciudad de Palestina


Escritor y periodista

Me sucede todos los años por estas fechas: los villancicos hacen que mis pensamientos vuelen a Belén. Pero no al Belén de la tradición, sino al auténtico, a la ciudad de Palestina, donde estuve trabajando dos años en esto y en aquello hace más de una década. Escucho, por ejemplo, «El camino que lleva a Belén, lleva hasta el valle que la nieve cubrió...», y digo para mí: no, Belén no está en un valle, y pocas veces nieva. Escucho «Belén, Belén, campanas de Belén...», y me acuerdo de Samir, el campanero de la iglesia de la Natividad, el hombre que estaba encargado de tocar precisamente esas campanas de Belén.

A Samir lo veía pasar yo muchos días por la plaza del Pesebre, camino del campanario o de vuelta de él. Caminaba ligeramente encorvado a causa de una malformación de la columna, gesticulando con su sombra en silencio, porque era sordomudo y tenía una discapacidad psíquica. Hay personas que semejan citas literarias en sí mismas, y Samir podría parecer una de Víctor Hugo, pero no lo era en absoluto, porque no se trataba de una figura tenebrosa como el infortunado Quasimodo, sino que, por el contrario, todo el mundo le quería en Belén. Cuando aún era casi un niño los frailes le habían dado ese encargo de tocar las campanas como una obra de caridad y él había seguido haciéndolo toda la vida, sin faltar un solo día, con una devoción inquebrantable a un sonido que, paradójicamente, él no podía oír.

El caso es que llegaron los años de la Segunda Intifada, y el 2 de abril del 2002 una brigada de infantería del Ejército israelí lanzó una operación contra Belén que forzó a los guerrilleros palestinos a refugiarse en la iglesia de la Natividad, donde los franciscanos les ofrecieron santuario. Comenzaba así un asedio que duraría más de un mes y a lo largo del cual morirían ocho personas dentro de la basílica, abatidas por las tropas israelíes. Para entonces, yo ya no trabajaba en Belén, sino que era periodista en Jerusalén, y me tocó cubrir aquel drama. Una y otra vez tomé ese «camino que lleva a Belén» para recorrer la ciudad fantasmal en guerra, envuelta en una atmósfera opresiva y trágica, para llegar hasta la plaza del Pesebre, donde pude presenciar la imagen simbólicamente inquietante de los tanques apuntando a la iglesia de la Natividad.

Fue en una de aquellas visitas que me enteré de la suerte que había corrido Samir, el campanero. Me contaron que, a pesar del toque de queda, fiel a su deber y a su costumbre, él había seguido yendo a tocar las campanas, puntual como siempre, sin que nadie pudiese disuadirlo. Hasta que un día recibió en el pecho el disparo de uno de los francotiradores israelíes que había apostados en los tejados. Samir cayó en la plaza del Pesebre y allí estuvo tendido durante horas, sin que permitiesen que una ambulancia fuese a recogerlo, desangrándose hasta morir.

Ahora que lo pienso, puede que al final aquel hombre que nunca hizo daño a nadie sí fuese una cita literaria, pero no de Nuestra señora de París sino de los mismos Evangelios, porque la suya fue la matanza de otro santo inocente en Belén.

El día de Nochebuena, en un supermercado de Burgos lleno de gente, al oír en la megafonía a un coro de niños cantar Campanas de Belén me acordé de aquella trágica primavera del 2002. Pero por fortuna en seguida mis pensamientos se deslizaron hacia algo más prosaico. Me acordé de que una amiga de Belén, Carol, me contó hace tiempo que las campanas católicas y ortodoxas de la iglesia de la Natividad ya no las toca nadie. Las han automatizado y ahora las toca un ordenador.

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