Una de las piezas de la exposición «Celtas: Arte e identidad»

No solo los ingleses fueron celtas

El Museo Británico le baja los humos a los ingleses, desmontando algunos de los mitos más arraigados sobre la cultura celta. Como que también influyó en la identidad gallega


Una nueva exposición en el Museo Británico de Londres rompe mitos sobre los celtas al desvelar que no eran un solo pueblo asentado en Irlanda, Escocia o Gales, sino también en muchas comunidades europeas unidas por un similar estilo artístico. Celtas: arte e identidad, que abre desde mañana hasta el 31 de enero, entra en un terreno poco explorado al diseccionar la cultura celta y concluir que la identidad que define a naciones históricas como Cornualles, Bretaña (Francia) o incluso Galicia se cultivó esencialmente en el Renacimiento y el siglo XIX.

«Las identidades célticas se han reinventado a lo largo del tiempo y son culturales, más que genéticas», explicó la comisaria de la exposición londinense, Julia Farley, en la presentación a la prensa. En los últimos 300 años, añadió, la palabra celta «se ha utilizado para describir las naciones célticas modernas», como la República de Irlanda o Escocia, que comparten un estilo artístico antiguo parecido y similar también al de otras partes de Europa.

Pero, según explicó, el vocablo lo acuñaron los griegos en el 500 AC, al referirse como «keltoi» a los pueblos bárbaros ubicados al norte de los Alpes. A diferencia de su civilización clásica mediterránea, que florecía en torno a las ciudades y fomentaba un arte naturalista, estas tribus, que en momentos entraron en contacto, vivían en aldeas o colinas y desarrollaron un arte abstracto.

Cientos de objetos, como joyas o vasijas, ejemplifican en esta exposición en Londres los motivos curvilíneos y sinuosos, con filigranas entrelazadas, que caracterizan el arte celta. Destacan numerosos torques en oro y otros metales, incluido el conjunto de 300-100 AC desenterrado en el 2009 en la localidad escocesa de Stirling, que evidencia influencia francesa y «amplias conexiones entre la Europa de la Edad de Hierro», apuntó Farley.

Al mencionar a los «keltoi», los griegos se refirieron, entre otras, a las áreas de Serbia, República Checa, Turquía, Francia, Alemania y partes de España y Portugal. En esta muestra se expone un monumento de piedra de 500-400 AC hallado en Holzgerlingen (Alemania), que representa con gran simplicidad la forma humana y se considera característico de la cultura celta.

Una de las estrellas de la muestra es un enorme caldero metálico de 100-1 AC descubierto en Gundestrup, Dinamarca, ornamentado con grabados de dioses y animales. Con el imperio romano, que en Gran Bretaña dominó entre los años 43 y 410 DC, la cultura celta absorbe la influencia de los invasores y, al adoptarse el cristianismo, los motivos sinuosos del arte local empiezan a aplicarse a las cruces cristianas, dando lugar a la cruz celta que se asocia a Irlanda.

Tres grandes réplicas de cruces y monumentos religiosos celtas presiden una de las salas de esta exposición, que incluye también unas campanas de hierro utilizadas para llamar al rezo. La última parte de la muestra se dedica «al resurgimiento» del vocablo «celta» entre los siglos XV y XIX para referirse a las culturas prerromanas de la Europa occidental.

Obras artísticas, literarias e históricas empiezan a hablar de «la cultura y las lenguas célticas», mientras que los artistas «reinventan e idealizan» leyendas del pasado, explica Farley. El cuadro Los Druidas: trayendo el muérdago (1890), de los escoceses George Henry y Edward Atkinson Hornel, es un ejemplo de esta tendencia, evidenciada también en la moda victoriana de joyas de inspiración celta.

Según esta exposición, la identidad celta, basada en una cultura europea común en los márgenes del imperio romano y redefinida en el Renacimiento, se fortaleció con las grandes oleadas migratorias de irlandeses y escoceses en los siglo XIX y XX. Los descendientes de estos pioneros mantienen vivo el mito en países como Estados Unidos con la adopción de símbolos, desde el trébol de cuatro hojas a la gaita, que evocan sus orígenes y un pasado compartido.

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