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El primer velero espacial de la historia extiende sus alas

Fue financiado por aficionados y pretende demostrar que los viajes orbitales son posibles sin utilizar combustible


Redacción / La Voz

El sueño de Carl Sagan se ha hecho realidad. El primer velero solar de la historia ha desplegado sus alas reflectantes en el espacio. Lo ha hecho justo diez años después de que fracasara el primer intento por un fallo en el cohete que transportaba al Cosmos 1, una iniciativa de exploración espacial exclusivamente ciudadana impulsada por la Planetary Society, la fundación que creó hace 35 años el físico y mítico divulgador científico.

Detrás del proyecto no hubo ni antes ni ahora ninguna agencia gubernamental que lo respaldase, sino multitud de aficionados y amantes del espacio que han sufragado la misión con pequeñas aportaciones. Aunque bien es verdad que detrás de la entidad hay un buen número de ingenieros de la NASA, que fue también la que puso en órbita al velero solar el pasado 20 de mayo con un cohete Atlas V.

El nuevo prototipo, LighSail-1, es en realidad una nave formada por tres módulos del tipo cubesat, microsatélites de forma cúbica con diez centímetros de lado. La misión fue solo de prueba. El único objetivo era poner en órbita el ingenio y que consiguiera desplegar sus velas reflectantes, de 32 metros cuadrados y apenas 4,5 micrones de grosor, la cuarta parte del espesor de una bolsa de plástico, lo que se ha conseguido con éxito. Un logro especialmente importante si se tiene en cuenta que las dos misiones anteriores, incluido el proyecto Nanosat-D de la NASA, fracasaron en esta primera fase.

El verdadero desafío

El LighSail-1, situado en una órbita baja de menos de 200 kilómetros de la Tierra, está condenado a descender y a desintegrarse en la atmósfera en unas dos semanas, pero habrá cumplido su objetivo. El verdadero desafío está previsto para el próximo año con el nuevo prototipo, que no solo desplegará sus alas, sino que también viajará por el espacio impulsado por el viento solar, una tecnología que puede abrir una nueva era en la propulsión de las naves espaciales y que permitirá un mejor rendimiento de los minisatélites.

«Cuando pones un cubesat en órbita su vida es muy limitada, porque depende de un sistema de propulsión a chorro para impulsarlo, que es carísimo. Si estos minisatélites se mueven por el viento solar mejoras su eficacia y reduces los costes», explica el astrofísico Borja Tosar, miembro de la Planetary Society y que también ha contribuido a financiar la misión. Para el lanzamiento del próximo año se necesitará un millón de euros más, aunque ya se han conseguido 850.000 en una campaña de micromecenazgo.

En realidad no será el viento solar el que empuje las velas, sino el flujo de protones (partículas de luz) que desprende el Sol y que rebotan contra las velas.

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