Barcelona, laboratorio educativo

Toda España mira hacia Cataluña, donde el nuevo modelo ya no tiene marcha atrás

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barcelona / enviada especial 19/04/2015 17:13 h

«Estamos investigando cómo se vive y quiénes viven en la Antártida». Lo dice un alumno de primero de la ESO de un instituto público barcelonés al referirse al trabajo de su equipo de cinco estudiantes. A pocos kilómetros de este lugar, en un colegio religioso, otro niño de la misma edad debate con sus compañeros de mesa sobre las dimensiones que debe tener la caja de un juego sobre geografía de África que están construyendo.

«Estamos viviendo un momento histórico de no retorno», resume Jaume Prat, uno de los responsables del Consorci d?Educación de Barcelona, la autoridad educativa, que apuesta claramente por la innovación pedagógica, aunque sin presupuesto acorde con las ambiciones y esperanzas del colectivo. Lo que dice Prat se repite en todos los foros socioeducativos locales, y lo anunciaba uno de los gurús de la enseñanza, Ferrán Ruiz Tarragó, presidente del Consell Escolar de Catalunya: «Hay quien se atreve a cambiar las cosas, y a nivel de centros docentes, ya no de profesores aislados». Y este hecho, incontestable -en Galicia hay muchos casos de profesores que abordan cambios y cada vez más de claustros que les siguen-, se convirtió en bomba informativa hace unas semanas, cuando los jesuitas anunciaban el nuevo enfoque educativo, el trabajo por proyectos, para sus ocho centros en la comunidad catalana. Dar el salto de una clase a un instituto y de ahí a un grupo de colegios es lo que explica el adjetivo «histórico» que usa Prat.

¿Y qué hace jesuitas que sea diferente? En el colegio barcelonés de El Clot, clase media con alguna pincelada burguesa, se puede ver. El centro es antiguo, un galimatías de pasillos estrechos de higiénico suelo de baldosa que, de repente, se convierte en una explosión de luz y colores. Es la zona NEI, la Nueva Etapa Intermedia, que está compuesta por 5.º y 6.º de primaria y 1.º y 2.º de la ESO. Aquí han comenzado el proceso -también lo hacen en infantil, pero infantil ya es, en general, un oasis en el universo gris de la educación- y lo han revolucionado todo.

¿Charla? No, debate

En la entrada de la clase están las casillas donde se guardan (y cargan) ordenadores portátiles y móviles. Ya no hay libros, al material se accede a través de una intranet. Dentro de clase, tres profesores atienden a sesenta chiquillos sentados en pequeños grupos, que están, en el momento de la visita, preparando un juego educativo sobre el relieve de África o Asia (a elegir). «A los alumnos -explica una de las tutoras, Txelo Oyarbide- se les presenta cada semana un reto y un objetivo. En esta el reto es conseguir que otra persona aprenda geografía de África o Asia a través de un juego de mesa y el objetivo, construir ese juego». A ello se aplican con interés los cativos, con momentos de charla que, si uno se acerca, descubre que tiene carácter técnico: ¿Qué es mejor, usar dados o no?

Bajo una guirnalda formada por la cronología de los imperios antiguos y que recorre media clase a la espera de que se añada Grecia y Roma (cuando toque), la jornada avanza lentamente, pero con paso firme. Oyarbide explica que cada día los estudiantes dedican unos primeros minutos a la reflexión -«ayer leímos un poema de Galiano [muerto el día anterior] y reflexionamos sobre la utopía», ilustra- y otro rato al análisis al acabar la jornada -«si no sabes dónde has fallado, no aprenderás»-. A veces se dividen en tres grupos de veinte para acudir a clases específicas (Educación Física, por ejemplo), pero las matemáticas de hoy son cómo separar proporcionalmente los destinos geográficos del continente, las dimensiones de la caja donde se guardará el material o la forma en que se suman los puntos para ganar.

Después llega la hora de música y los veinte alumnos que permanecen en el aula ven cómo sus profesores «titulares» están reunidos en el despacho acristalado del fondo debatiendo cómo será el próximo proyecto. Tienen uno por semana -a veces duran dos- y algunos más en conjunto. Para llegar a ese grado de compenetración, los maestros han pasado meses preparándose, con convivencias incluidas: «Nos convertimos en una piña, trabajar en equipo es un proceso complicado que requiere mucho autoconocimiento -reflexiona Oyarbide-, pero enormemente gratificante». Eso piensa David, un alumno que reconoce que ha aprendido a tener «más paciencia» con sus compañeros y los «comprende mejor».

¿Qué es? Trabajar por proyectos

Visión global. El trabajo por proyectos puede tener varios nombres, pero la esencia es la misma: a partir de un tema se aprenden varias asignaturas. Egipto, por ejemplo, engloba geografía, historia, arte o religión pero también matemáticas, semiótica o ciencias naturales.

Vallvidriera, el colegio de las inteligencias múltiples

Sor Innovación. Es el nombre con el que se conoce a Montserrat del Pozo, directora del colegio Montserrrat de Vallvidrera, también en Barcelona, y que comenzó a aplicar en el aula las teorías de Howard Gardner (premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales) sobre las inteligencias múltiples. Esta teoría dice que la inteligencia no es algo monolítico sino que son muchas, distintas y casi independientes.

El talante innovador de Del Pozo y su apuesta decidida por una educación diferente sirvió de inspiración a muchos compañeros de profesión en la ciudad y comunidad autónoma. En Vallvidriera los niños aprenden por proyectos desde hace años, se potencia la singularidad de cada estudiante y se trabaja en equipo y por competencias.

Compaginar esta forma de enseñanza con la educación de un centro católico y por lo demás tradicional -hay disciplina, no es una comuna jipi- es lo que hizo que Sor Innovación se hiciese conocida a nivel del Estado. Ahora el centro organiza visitas guiadas durante el curso para que profesores de otros lugares comprueben cómo trabajan.

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