Mercedes Núñez, la gallega que se salvó del crematorio nazi

Los campos nazis tuvieron víctimas gallegas. Una de ellas fue Mercedes Núñez, que se salvó del exterminio y llegó a crear una lista sobre gallegos deportados. Conversamos con su hijo sobre una historia que estremece

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La casa de Pablo Iglesias es un gran museo dedicado a su madre. No es que se trate de una estancia de grandes proporciones, pero los documentos reunidos a lo largo de años investigando son tesoros en sí. El valor que portan es el de ser testigos de una vida que Mercedes Núñez Targa (Barcelona, 1911- Vigo, 1986), siempre tuvo claro que quería contar. Perfectamente clasificados, Pablo guarda desde un pequeño retal que su progenitora cosió en la cárcel de Ventas, a los certificados de su pertenencia a la Resistencia francesa durante la ocupación nazi, o la carta de su detención por parte de la Gestapo y su traslado al campo alemán de mujeres de Ravensbrück, en mayo de 1944.

En la pared del piso de Vigo también cuelgan la tela casi deshilada en forma de triángulo y con una «S» con la que eran marcados los prisioneros españoles tachados de comunistas por los nazis, la medalla de la Legión de Honor de Francia que le dio De Gaulle o la Médaille Militaire. Son casi todas distinciones expedidas por el país vecino, aunque Mercedes, hija de un joyero de Bergondo que emigró a Barcelona, siempre se sintió gallega. Vivía en París «con las maletas hechas», cuenta su hijo. Tan pronto murió Franco solo tuvo que cogerlas y venirse. «No quería morir bajo ningún concepto en el exilio».

Integrante del PSUC, detenida en el 39 por la policía franquista en A Coruña, refugiada en Francia tras su huida del régimen y superviviente de un campo nazi, Mercedes fue una mujer comprometida. De vuelta en Galicia, a principios de los ochenta empezó a elaborar la lista de todos los gallegos a los que sus familiares les perdieron la pista sin saber que sus últimos días transcurrieron en un campo de exterminio. «Contabilizó más de 200 deportados gallegos», confirma Pablo.

La militante comunista murió en 1986 sin conocer a uno de los hombres que más daño han hecho a su lucha. Enric Marco (Barcelona, 1921), es el personaje del que todos hablan ahora tras la publicación de El Impostor (Random House), de Javier Cercas. El protagonista de este libro sigue vivo y es de carne y hueso. Su historia, sin embargo, carece de toda realidad. Representó a los españoles que lucharon en la Segunda Guerra Mundial y fueron capturados por los nazis. Defendió la Ley de Memoria Histórica y presidió durante más de dos años Amical de Mauthausen, el colectivo que reúne a la mayor parte de los casi 9.000 supervivientes y familiares de supervivientes del nazismo en España y del que Mercedes fue delegada en Galicia.

Invenciones

Conferencias, entrevistas, condecoraciones, incluida la Creu de Sant Jordi. Marco consiguió emocionar a varios diputados, entre ellos Carme Chacón, en el discurso que dio el 27 de enero del 2005 en el Congreso de los Diputados. Estuvo a punto de repetir gesta unos meses después durante la conmemoración de los sesenta años del cierre de Mauthausen. Pero lo desenmascararon. Resulta que nunca fue un prisionero, si no que trabajó en uno de los campos, voluntariamente. Consiguió, a base de invenciones, una repercusión de la que nunca antes había gozado Amical. Mercedes jamás contó con financiación pública para recopilar los datos de los gallegos deportados. «Mi madre no llegó a conocerlo, yo sí. De él solo puedo decir esto: un mentiroso que contaba verdades».

Pablo, que continúa con el trabajo de Amical en Galicia, no esconde que le incomoda la trascendencia de esta no-historia: «No he leído el libro de Cercas ni me interesa hacerlo. Gran parte de los que se interesaron o se interesan por el tema de Enric Marco no se han preocupado en la vida de la memoria de los españoles en los campos», sentencia. Hijo de dos deportados, su padre, Medardo Iglesias, también era español, su nacimiento en 1949 en París fue toda una hazaña. Su madre arrastró la tuberculosis desde su liberación de Ravensbrück en el 45. Mercedes estaba, como se titula el libro que Pablo logró publicar junto a su compañera Ana Bonet y con prólogo de Xesús Alonso Montero, Destinada al crematorio. Se salvó por los pelos y tras pasar por condiciones infrahumanas. No corrieron la misma suerte otros republicanos españoles: «No hay que olvidar que las víctimas españolas del nazismo son a su vez víctimas del franquismo», apostilla Iglesias.

Sin olvidar el pasado

Enfrascado en una idea: «La juventud debe conocer su pasado para construir el futuro», sigue recopilando datos. «Junto a mi compañera Ana, hija también del exilio, logramos reconstruir en gran medida la trayectoria de mi madre, pero aún queda mucho por hacer. Hay que decir que los Archivos, tanto en Francia como en España, no facilitan demasiado la labor». Pablo vive sin olvidar el pasado, y al mismo tiempo muy pegado al presente. Otro Pablo Iglesias que no es él acapara recientemente todos los titulares. «El fenómeno Podemos, que no quiero personalizarlo en él, trae una ilusión que espero no sea flor de un día», reflexiona.

Aunque prefiere no seguir hablando de Enric Marco, ni del libro que ha vuelto a traer a colación la historia olvidada de los españoles en los campos, uno de los últimos supervivientes, Esteban Pérez, murió hace tan solo unos días con 103 años, hay una cita de la novela de Cercas que puede servir para explicar el éxito de la vida inventada de Marco a la hora de concienciar sobre el exterminio nazi: «La realidad mata, la ficción salva». Iglesias es sin embargo más de otro autor, Saramago, al que citó recientemente en una conferencia en San Simón. La pronunció en gallego: «Somos a memoria que temos e a responsabilidade que asumimos. Sen memoria non existimos, sen responsabilidade, quizais non merezamos existir».

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