Un regalo para el mundo

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La renuncia al sumo pontificado del papa Ratzinger es coherente con toda la vida de este humilde servidor del evangelio. Nos sorprende por lo poco frecuente del hecho. Seguro que Benedicto XVI en estos días leerá el libro del converso G. Papini titulado Cartas del papa Celestino V a los hombres.

Ratzinger ha querido dialogar de corazón con hombres y mujeres de nuestro tiempo. Por eso podemos afirmar que ha sido un gran regalo de Dios para un mundo falto de ideales y valores, con el que responder a los interrogantes más serios de la persona.

La sensibilidad y cariño hacia España ha quedado patente en sus tres viajes a nuestra nación y aún permanece en nuestra retina el de Compostela en el último Año Santo. En la homilía del Obradoiro dijo que es necesario que el nombre de Dios resuene de nuevo en Europa, en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades de la vida; para que Europa sea, a su vez, abierta a la trascendencia y la fraternidad. Son palabras para los que buscan con pasión la verdad y la felicidad; la propuesta de Benedicto XVI es que la visión y la vida del hombre dependen de que Dios sea reconocido y amado como tal.

Ha tenido el coraje de abordar sin reparo alguno temas que preocupan en la sociedad y en la Iglesia de hoy. En sus postulados está presente la preocupación por hacer comprensible y razonable la propuesta cristiana. Aparece muy claro que el futuro de la sociedad solo puede fundarse en la coexistencia ordenada de libertades. Por eso, en nuestra situación es sensato y necesario buscar los elementos comunes de las tradiciones éticas, de las religiones y culturas. La libertad no tiene su función y fundamento en el placer de la mayoría sino cuando se vive en conformidad con la auténtica realidad de la persona, abierta a la trascendencia.

Su formación teológica, capacidad de escucha, humildad y sabiduría de corazón hacen de Benedicto XVI una figura similar a los padres de la Iglesia antigua, capaces de formular una fe viva. Gracias, santo Padre, por seguir ahí como un don de Dios.