análisis

Una decisión libre y responsable

foto de Xosé Luis Barreiro Rivas
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C onsciente de su autoridad moral e intelectual, y queriendo definir -como herencia- un nuevo modelo de pontificado, el papa Benedicto XVI acaba de hacer, con su renuncia, un gesto para la historia. Frente al criterio de Juan Pablo II, que optó por dejar que la enfermedad lo derrumbase a la vista de la Iglesia y del mundo, como si su sufrimiento fuese una continuidad o un parangón del de Cristo en la cruz, Ratzinger prefirió conectar su condición de pontífice con su capacidad para ejercer su supremo ministerio, y no solo en la perspectiva intelectual y doctrinal, que todavía le es reconocida, sino también de la capacidad física que se necesita para gobernar la Iglesia y desarrollar una pastoral universal, de cuya carencia era consciente desde hace al menos dos años.

Aunque el gesto de Benedicto XVI tenga lejanos antecedentes en las dimisiones de Benedicto IX, Celestino V (1294) y Gregorio XII (1415), quiero creer que la extraordinaria y mediática recuperación de este gesto tan escaso está pensado para el futuro, para que los pontificados sean esencialmente activos, y para que nadie vuelva a tener la tentación de televisar su propia enfermedad y muerte sin renunciar al inmenso poder y privilegio de gobernar una iglesia extendida por todo el mundo, con 1.200 millones de fieles, y con un inmenso poder que se manifiesta a todas las razas y culturas y en todos las facetas del gobierno material y espiritual del mundo.

Explicación

Y es en este contexto en el que cobra especial importancia la explicación que nos ofrece el propio Benedicto XVI de su trascendental renuncia: «En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado».

Tal como están las cosas, y después de las evoluciones experimentadas en la organización y poderes del Colegio Cardenalicio, cabe esperar que no pase mucho tiempo antes de que un nuevo papa aproveche el gesto magistral de Benedicto XVI para establecer una edad máxima para la elección de los papas -no deberían ser elegidos por encima de los 70 años- y una edad máxima para el ejercicio de su pontificado, que en ningún caso debería superar los 80 u 85 años, para evitar que un gesto tan normal y necesario como el que acaba de protagonizar Joseph Ratzinger se convierta en algo extraordinario, por raro, y heroico, por dar la sensación de que desafía desde consideraciones personales un criterio inveterado que afecta a la propia concepción del vicariato de Cristo.

Una tercera consideración debe llevarnos a la estricta normalidad jurídica del proceso abierto por Benedicto XVI, que, de acuerdo con el artículo 332.2 del Código de Derecho Canónico, define el momento exacto -28 de febrero del 2013, a las 20 horas- en el que quedará vacante la sede de Pedro, y en el que se inicia el impresionante rito de elección de un nuevo papa, que el cardenal Joseph Ratzinger podrá seguir por los medios de comunicación, mientras hace el ejercicio de humildad que significa dejar el inmenso poder vaticano para volver a ser un fiel y obediente servidor de la Iglesia. Y que a nadie le quepa duda de que este cónclave va a ser algo nuevo, porque va a elegir un papa que, gracias al gesto de Ratzinger, ya no quedará excluido de la trayectoria temporal de los hombres, sino que deberá juzgar con sabiduría hasta qué momento le llega su capacidad intelectual, física y pastoral para el ejercicio responsable de su sagrada misión.

Hay que decir, sin embargo, que la enorme importancia histórica de esta renuncia no debe ocultar la personalidad de un papa que fue elegido -con precisión casi matemática- para que la Iglesia no quedase presa de la omnipresente y discutida personalidad del cardenal Wojtyla. Porque no era fácil corregir el rumbo casi integrista por el que iba la Iglesia sin dar un volantazo, y porque no había ningún otro cardenal que, desde una fidelidad indubitada a la figura de su antecesor y mentor, pudiese recuperar la línea de excelencia intelectual, doctrinal y pastoral en la que se desenvolvieron -incluyendo a Juan XXIII- los últimos pontífices. Y en esa misión también histórica hay que señalar tres grandes posiciones de Ratzinger que quiero comentar brevemente.

Su primera apuesta fue la recuperación del diálogo entre la fe y la ciencia, pero no solo desde la perspectiva de la compatibilidad efectiva entre creer y saber, de la que miles y miles de sabios dan testimonio en su vida diaria, sino desde la idea de que, para que el diálogo exista, tanto la fe como la ciencia deben mantener su identidad, sus espacios, y su función generadora de la dignidad humana. Y por eso hay que entender que, aunque la simpleza del juicio mediático le identificó tantas veces como un papa profundamente conservador, e incluso reaccionario, seguramente evitó el riesgo de amoldamiento a las características de la vida secular que tantos identifican falsamente como progresismo.

Desde esa misma idea de identidad religiosa en la fe de Cristo, a Benedicto XVI le hemos visto rezar en mezquitas y sinagogas, con hermanos obispos católicos y con hermanos obispos ortodoxos y protestantes, ofreciéndoles a todos el mismo respeto que exigía para sí mismo. La idea de unión de las Iglesias no avanzó lo que a algunos nos gustaría, porque seguramente progresará por abajo -entre fieles e iglesias que conviven estrechamente- y no por arriba, como si fuese un pacto entre jerarquías. Por eso me atrevo a decir que, aunque yo creo que el diálogo con anglicanos y protestantes padece una lentitud exasperante e innecesaria, creo que está mejor enfocado ahora que hace siete años, y que es más segura la línea de refuerzo de las identidades que confluyen desde el respeto que la creación de una amalgama de cristianos que solo progresa mediante la dilución utilitaria de sus fronteras.

Los escándalos

El tercero y más grave de sus posicionamientos, que para Benedicto XVI fue también el más penoso y difícil, fue el de la asunción -cautelosa y firme a la vez- de los grandes escándalos derivados de la pederastia, del debilitamiento pastoral de una parte del clero y de los religiosos y religiosas consagrados, y de la huida de los fieles -especialmente europeos- hacia una fe no practicante, no testimonial y ausente del debate ético y moral de la cultura contemporánea.

Ya sé que a mucha gente le gusta utilizar la justicia para trillar bosques milenarios y crear eriales en los que toda edificación sea posible. Pero es obvio que, sin llegar hasta ahí, Benedicto XVI fue el encargado de asumir un gravísimo desorden moral colectivo, de pedir perdón, en caridad, por sus daños directos y sus efectos colaterales, y de aceptar que fue ese hecho desgraciado, que en algún momento tenía que aparecer, el que limitó los caminos que tanto la Iglesia como el propio Ratzinger esperaban recorrer.

Por eso creo que el pontificado y la persona de Ratzinger ganarán mucho con la perspectiva histórica, y que, gracias al sencillo gesto de renunciar al pontificado como le corresponde hacer a un viejo cansado y debilitado por la enfermedad, marcará un antes y un después en la necesaria actualización del papado, o en la adaptación del vicariato de Cristo a las necesidades de una pastoral hecha en la era de la globalización y la tecnología de la comunicación al servicio de una idea que sólo sirve e interesa si no se mueve en sus fundamentos. Mis respetos, pues, a este gran papa que, ejerciendo su libertad y su responsabilidad de una manera ejemplar y brillante, no quiso dejarlo todo a los designios de Dios.

«Le hemos visto rezar en mezquitas y sinagogas, con obispos ortodoxos y protestantes»