AL SOL EN la tall ships races

A toda vela en el «Juan de Lángara»

La Voz recorre las últimas etapas de la regata en esta goleta, la única gallega de las 47 embarcaciones de la Tall Ships Races

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Hasta que uno embarca por primera vez no sabe que se puede despertar del sueño por el ruido de la hélice de proa ni que manejar un velero viene siendo algo así como «intentar domar, con paciencia, un animal salvaje. Ahí es cuando empiezas a divertirte, al ir diciéndole «¡Salta! ¡Salta!». ¡Y cómo salta! Quien lo afirma es Lorenzo Marcos, el segundo de a bordo del Juan de Lángara, una de las 47 embarcaciones que participa en la regata Tall Ships Races. La Voz recorre en esta goleta (la única gallega) las últimas etapas antes de llegar al destino final: A Coruña. La de ayer fue una jornada de «crucero en compañía».

A las 13.37, dos horas exactas después de su salida del puerto de A Pobra do Caramiñal, en el Juan de Lángara canta Juan Luis Guerra. Es casual, una emisora de radio y a través de un altavoz, pero él entona eso de «Quisiera ser un pez...». Esta goleta lo es. Al menos lo parece tras diez horas de travesía en las que no dejan de competir los azules: el del cielo y el de la cubierta.

Once jóvenes tripulantes

Suma cuarenta toneladas de acero, 18 metros de eslora y 5,6 de manga. Se lanzó a surcar la ría de Arousa tras reponer víveres, llenar tanques y acometer las labores de limpieza en el puerto pobrense. Con el capitán Miguel Fernández Montero al frente, son once los tripulantes, todos gallegos. Cuatro chicas. El más joven, de 16 años. Ese es uno de los requisitos para participar en la Tall Ships Races: que la mitad de la tripulación tenga entre 16 y 25. Se trata, por tanto, de crear cantera de vela. Convivir: esta es la «regata de la amistad». Ninguno de los chicos se conocían antes de salir de Cádiz, el 29 de julio, y ahora, tras varias etapas, son una familia. Comparten, según explica Irene, diversión y trabajo, con un respeto estricto por las horas de partida, las comidas y los turnos de guardia.

El Juan de Lángara llegó ayer  pasadas las nueve de la noche a Corcubión. Fue un día de sol y con viento escaso, de ahí que se usasen las velas como apoyo y se pusiese en marcha el motor. Se siente en el esternón, se oye y resuena en los camarotes y se ve en el poderío con el que ondean las banderas. Si se apaga, para ir solo a vela, habría aplausos. Mucha calma, tiempo para alargar.

«El horizonte siempre esta ahí»

El movimiento se nota, sobre todo, en el estómago. «El horizonte siempre esta ahí», dicen a bordo. La clave para combatir el mareo está en mirar a lo lejos. También valdría contar olas. O pensar. Entretenerse. Sí, el horizonte, navegando, parece más cerca. Pero llegar, incluso sin alcanzarlo, lleva su tiempo, y ayer no se competía. A las cinco, el capitán avistaba el cabo Fisterra. Sobre las seis, se veía completamente el monte Louro. Y el Pindo. Aún queda en el aire un «¡Sálvora a estribor!», con el meritorio giro del timón. Son horas y horas consumiendo solo mar. Encontrando alguno de los otros veleros de la Tall Ships Races, a lo lejos. La goleta es estable, sencilla de aparejo -dice su capitán-, para facilitar mejor el aprendizaje. Está preparada para eventualidades meteorológicas. Aquí se procura navegar lo máximo y conocer qué significa eso, más allá de las velas o de la carta, saber cómo se vive en el gran estómago de un pez. Hay salón, libros  y también se cocina. Pero todo se mueve y el mareo se lleva mejor tumbado. Entonces, también el cielo llega a estar más cerca. Sobre todo después de la comida: ayer, mejillones y pollo.