EL EXPERTO

¿Vale más pájaro en mano?

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Yo, por principios, a los pájaros los prefiero volando. Confieso que ante la disyuntiva que plantea el dicho popular «Más vale pájaro en mano que ciento volando» la perspectiva de apresar un pájaro siempre me ha parecido poco deseable. Obviamente, el refrán no ha de ser interpretado de forma literal, pero si me he tomado esa licencia es porque me viene que ni pintado para introducir el tema principal de mi reflexión: ¿Bajo qué condiciones cabe limitar la libertad de los pájaros?

Por descontado, un requisito ineludible es que estén bien tratados y dispongan de espacio suficiente, así como de alimentos y cuidados apropiados. Aparte de lo anterior, y del estricto cumplimiento de las normativas legales en cuanto a la protección de las especies, creo que debe de exigirse algo más. Opino que las aves solo pueden estar cautivas si cumplen una función que justifique su cautiverio; por ejemplo, si del uso que hacemos de ellas se deriva un beneficio para las aves silvestres. Así, las personas que visitan las muestras de aves vivas deberían de llevarse a casa el mensaje de que muchas de las especies de nuestro entorno se encuentran en peligro de desaparecer por culpa de las actividades humanas y que es urgente, y además merece la pena, invertir esfuerzos en la conservación de las aves y sus hábitats.

Les tiene que quedar clarísimo que la situación de las aves con las que tanto han disfrutado es algo excepcional. No puede ser que los más pequeños, después de alucinar con las evoluciones de un águila o un búho, le digan a sus progenitores: ¿Papá, me compras una? Más bien, la experiencia debería motivar una demanda del tipo: ¿Mamá, cuándo vamos al monte a ver pájaros?