Objetivo: ahorro energético máximo

Una familia reconstruye una vieja casa de aldea en a estrada para convertirla en una vivienda de bajo consumo, donde la huerta sustituye al supermercado y la energía solar activa la calefacción y la caldera


13/03/2011 06:00 h

Parece impensable hoy en día que una familia pueda pagar tan solo 10 euros al mes en la factura eléctrica, que disponga de agua caliente y calefacción de forma gratuita y que acuda al supermercado una vez al mes sin llegar a cargar un carro. Sin embargo Mariña Regueiro y Carlos Pujol lo han conseguido convirtiendo una vieja casa de la aldea estradense de Celeiróns en una biovivienda. Aunque el nombre pueda sonar un tanto futurista no implica grandes infraestructuras, sino todo lo contrario. La bioconstrucción busca aprovechar los recursos naturales del propio entorno para diseñar un modelo de vida simple, que no exige grandes esfuerzos ni inversiones, al tiempo que respeta el medio ambiente.

Antes de que haya amanecido Carlos ya está en pie. No hay un despertador que lo levante, ni suena la alarma de la radio. El único aparato conectado es la nevera de la cocina. A las siete y media se enciende automáticamente la calefacción. El sistema funciona gracias a unos colectores solares que generan la energía necesaria para el cuarto de máquinas o «el alma de la casa», como la define el propietario y constructor de la biocasa.

El agua caliente de la ducha matutina viene de un pozo propio de seis metros de profundidad y llega a la misma sala en la que se encuentra la caldera, que funciona con pellets, un combustible confeccionado a base de madera prensada y que fácilmente podría confundirse por su aspecto con pienso. El aparato trabaja a 50 grados centígrados, aunque podría alcanzar los 100. Enfrente, un acumulador de agua que no pasa inadvertido.

Para cuando Mariña se levanta, la casa ya está caliente y Carlos ha terminado su hora de meditación diaria. Las temperatura se mantiene a 18 grados, el calor justo para encontrarse a gusto sin malgastar energía. A ello contribuye la estructura de la casa, revestida en su interior con suelos y techos de madera que aportan calidez en un clima como el gallego, donde el frío y la humedad acaban con las cervicales de moradores y morada.

Pero para ello también encontró remedio la casa, diseñada por el propio Carlos. Una vez más, una solución tan simple y tan poco extendida como usar materiales que permitan transpirar al edificio por sus cuatro costados. Las paredes, de casi un metro de anchura, combinan la piedra de la antigua casa con ladrillo y pintura de cal -en lugar de cemento- para dejar que respire. Mientras que bajo sus pies, un hueco de aire con bovedillas de cerámica evita el ascenso capilar del agua.

«No se puede vivir ajeno a lo que nos rodea», afirma el bioconstructor catalán. Desde el amanecer hasta el ocaso, Carlos estudió las distintas posiciones del astro rey a lo largo del día para rentabilizar al máximo la luz solar en cada una de las habitaciones. Incluso en el cuarto de baño que hicieron aprovechando el hueco de las escalera llega la luminosidad, gracias a dos escalones translúcidos específicamente instalados para ello. Mariña puede dedicarse al encaje de bolillos y a sus investigaciones sobre esta materia en la planta de arriba sin tener que encender de día una bombilla a lo largo de todo el año. Eso sí, de noche bombillas de bajo consumo, como no podía ser de otra forma.

Tras cada comida, en la que solo llegan productos de agricultura ecológica a la mesa, se guardan los restos para utilizarlos en la fabricación del compostaje que nutre la huerta de Carlos, donde las que se llevan el mayor trabajo son las lombrices que convierten la materia orgánica en humus. Para el riego utiliza el agua de traída de una fuente cercana y un revolucionario -y asequible- compuesto soluble en agua de origen japonés conocido con el nombre de microorganismos efectivos, que actúa purgando bacterias nocivas.

El vecino de A Estrada, de orígenes catalanes, lleva años implicado con la construcción ecológica, que ha dejado de ser una profesión para convertirse en una filosofía de vida. «Es una elección consciente y coherente con la realidad. Decidimos no hipotecar nuestra vida en una casa convencional, que exige consumos varios, y optar por un modelo de vida distinto», explica.

Frente a los planes Renove para sustituir la vieja lavadora o las ventanas por otras nuevas, el matrimonio ha apostado por un plan integral de vida en donde no se tiran los recursos, se reutilizan. Desde el armario del dormitorio principal, elaborado con las puertas de otra casa, al muro que rodea la propiedad construido con las piedras de la fachada que derribaron. Todo es reciclado. «Creo que no llegamos a usar tres bolsas de basura al mes», asegura el horticultor que no entiende cómo se pueden llegar a desperdiciar tantos recursos.

Este modelo no se excluye de las nuevas tecnologías, ni mucho menos. Internet es un aliado para las investigaciones que Carlos y Mariña hacen en sus terrenos, aunque intentan dosificar la conexión y no usarlo como un entretenimiento vago. Prefieren la lectura a la televisión, la cultura a la carta. Aunque en esto han tenido alguna que otra lucha con sus hijos Lino y Xiao cuando eran pequeños por no seguir su filosofía de vida. «Iban a la casa del vecino para ver la tele, pero esto no nos disgustaba porque al menos se las ingeniaban para perseguir sus metas», afirma el padre, que confiesa también permitirse alguna que otra contradicción.

El vicio de Carlos es el fútbol, y por un buen partido recorre los dos kilómetros y medio que hay hasta el bar más cercano. Mariña por su parte, se ha hecho con un lavaplatos que utiliza dos veces a la semana y una lavadora. «Cuando era más joven lavaba mucho en el río o el lavadero, pero con la edad resulta más complicado», admite.

Entre los próximos proyectos de la biovivienda, Carlos planea instalar placas fotovoltaicas para vender la energía que producen ya que no es rentable, teniendo conexión a la red eléctrica, comprar los transformadores y baterías necesarias para el autoabastecimiento. Otro, no menos aventurado, es terminar la cenefa de conchas de uno de los baños, recolectadas por la familia en los distintos viajes que realizaron en furgoneta hasta que decidieron pisar las playas australianas. El próximo destino, tal vez la India.

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