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Niños de Chernóbil veranean en Galicia, lejos de los incendios que arrasan su región

Disfrutan de la playa y la comida sana ajenos a la radiactividad y los fuegos que sufre Briansk


redacción/la voz.

Los incendios en la región rusa de Briansk y la posibilidad de que el fuego incremente la radiactividad en el área están causando honda preocupación en las familias gallegas que han acogido este verano a 66 niños del área de Chernóbil. Muchas se han puesto en contacto con la asociación Ledicia Cativa, que ha traído a España a los críos, para conocer la situación en su país de origen, puesto que el día 29 deberán retornar.

«Sí, están llamando bastantes familias gallegas, muy preocupadas», confirma José Manuel Borrajo, coordinador en Galicia de la citada asociación, quien asegura que en la mayoría de los casos ese interés es mayor que el de las familias rusas: «Estos niños proceden de una zona depauperada, casi todos son hijos de familias desestructuradas y muchos viven allí acogidos por familias que cobijan a tres o cuatro chavales para beneficiarse de las ayudas que les da el Estado. Nada más».

Responsables de Ledicia Cativa llamaron a Rusia para informarse sobre los incendios y el riesgo de radiactividad y les han comunicado que, en efecto, hay numerosos focos en la extensa región de Briansk, pero no cerca de la ciudad de Nobovzykov, de donde vienen el 99% de los chavales, «aunque sí que está llegando humo», matiza Borrajo.

El coordinador explica que los niños pasan el verano en Galicia ajenos por completo a lo que sucede en su país. «Son niños pequeños, la mayoría de unos seis años, y ni siquiera tienen información sobre los altos niveles de contaminación de su ciudad, a 150 kilómetros de Chernóbil».

Cuando vivir es un delito

Más allá del problema de la radiactividad, estos niños proceden de una zona en la que no saben ni lo que es una manzana. «Vivir allí es casi un delito. El que puede, se va. Es una región rural deprimida en la que el mejor sueldo, el de un médico, es de unos 150 euros», explica Borrajo.

«El día que recibimos a los niños en el aeropuerto da pena verlos de lo flacos que están -agrega-. Llegan como sin vida, pero enseguida prueban de todo, les gusta y empiezan a ganar peso. Hay niños que engordan más de diez kilos en menos de dos meses. Cuando se marchan, parecen otros».

A Yana, de 6 años -en las fotos superiores-, también la seduce el mar. «La primera vez que lo vio el año pasado -recuerda Raquel Pérez, que la acoge en Galicia- se maravilló con las olas y no entendía que subieran y bajaran constantemente. Estaba delgadísima cuando la fuimos a buscar al aeropuerto y en solo dos meses de buena alimentación se puso guapísima. Daba gusto verla cuando regresó a Rusia».

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