Esperanza en otra esquina atlántica

El compromiso le viene de niña. «Siempre me he indignado ante lo que consideraba injusto», dice Soli desde Santo Tomé, rodeada del mismo océano junto al que se crió


Lo fácil en su caso sería decir que se fue de la Costa da Morte para irse a otra costa, la que rodea Santo Tomé y Príncipe, de muerte. Es uno de los países, dos islas, más pequeños -las Canarias son siete veces mayores-, con menos población que A Coruña y, a la vez, con mayores problemas de desarrollo. Ocupa el puesto 123 sobre 177 en la estadística de crecimiento que regularmente realiza el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, en sus siglas). Para esta misma organización trabaja desde hace apenas año y medio Isolina Sánchez, Soli, como la conocen casi desde que nació. Con ese nombre, y desde niña, ya se sabía de sus ganas por implicarse socialmente. «Desde pequeña me fui metiendo poco a poco en organizaciones como la Cruz Roja, Médicos del Mundo...», relata. «Siempre con muchas ganas y con un gran sentido, occidental, de la justicia».

Coordina hoy desde ese archipiélago un programa de desarrollo medioambiental del PNUD dedicado al análisis de planes para esa zona. «Me quedo hasta noviembre y luego ya veremos a qué sitio me voy, es algo muy característico en este trabajo, nunca sabes cuál será el próximo destino ni cuánto tiempo te quedarás», apunta.

Habla conociéndolo. En Chile estuvo durante siete meses, y en Nicaragua, tres años y medio. En este segundo lugar, donde casi echó raíces, tuvo su bautismo en la cooperación internacional y vivió uno de sus peores y mejores momentos: «Un día en el lago Cocibolca [el más grande de América Central], en una zona remota, una adolescente a punto de dar a luz se montó en mi coche para llevarla al puesto de salud más cercano. Durante dos horas la angustia de pensar que iba a tener el bebé en la camioneta y la alegría de llegar a la clínica a tiempo y que el niño naciese bien lo convirtió en un buen momento». Hubo final feliz.

En aquel país se encargó de un proyecto de pesca artesanal copatrocinado por la Xunta y la Agencia Española de Cooperación Internacional. «Me recorrí aquel lago, de 8.200 metros cuadrados, de arriba a abajo; trabajábamos junto a 1.300 pescadores tradicionales y sus familias, con jornadas de diez días de pesca experimental, viajes en coche de varias horas, conservación de pescado... De todo ello guardo un excelente recuerdo».

Luego se fue a Chile, también en un asunto ligado a varias instituciones públicas para el trasvase de conocimientos y la mejora de las condiciones de vida de algunas comunidades. Ya no era pesca, pero seguía la máxima de la cooperación: enseñar a pescar, no dar peces.

Ahora, su trabajo vinculado a un organismo de la ONU tiene además una elevada carga política, como ella misma asume: «Hay mucho de negociaciones y diplomacia que revierten en el desarrollo de los programas conjuntos con el Gobierno del país, un día normal puede contener un par de reuniones con cuadros públicos, a veces ministros y luego ver si los proyectos marchan bien, qué problemas hay, qué se necesita, solucionar problemas...».

Problemas que son pequeñas complicaciones diarias que resuelve «con mucha paciencia e imaginación». Hay otras dificultades mayores: «Vives en otro tiempo, en otro momento, y eso también es perceptible cuando te comunicas con tu familia, pero me siento muy afortunada por trabajar en lo que siempre he querido, en mi vocación».

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