Las jiras de Os Caneiros, ¿botellón o tradición?

Más de diez mil personas acudieron a la primera romería en el río Mandeo


redacción | A la hora del té en Londres, cuando en Betanzos se bajan barricas de vino, partió del puerto la Diana Cazadora, la bussiness class de las más de cien embarcaciones que surcaron ayer el Mandeo hacia el campo de Os Caneiros, con la reina de las fiestas, Silvia Fidalgo, a bordo.

A la zona cero también se puede ir a pie, pero la gracia está en ir en lancha. La cosa es llegar. Y llegan diez mil. La ida se hace tan corta como el rabo de una boina. Se navega por un lugar de fábula, de musgo y bichiños de todos los colores, caminitos bordeando el río, ramas que cuelgan, gloriosa vegetación y señores haciendo pis. La alegría es contagiosa, salta de barca en barca.

Se suceden los barcos amarrados a la orilla, con familias a bordo bajándose empanada, tortillas y vino para aburrir. Cauce arriba, la romería fluvial, milenaria en participación y centenaria en historia, camina hacia el desmadre más absoluto. Tras veinte minutos de tranquila y placentera navegación a lo largo de 4,8 kilómetros, ruge la orilla. Parecía que de las nubes colgasen porrones. El calimocho volaba. Tiraban a dar. Le cayó al sobrio, al ebrio, al joven y al viejo. Había una orquesta. Fue como tirar el dinero, pues aquella tropa bailaría con un grillo.

Ante tal desfase, andan los betanceiros que se suben por las paredes. Dicen que Os Caneiros se han convertido en un desmadre y eso los trae por la calle de la amargura. El botellón se hizo con el timón de la jira. Los ediles de Turismo y de Fiestas, Pablo Tomé y Alberto Porras, suspiran por que vuelvan las antiguas jiras, familiares, en plan la Casa de la pradera. Hoy intentan hacerle un masaje cardíaco a la romería. «Va a ser difícil, algo que no se hará en un año o en dos. Pero tenemos que recuperar la sana tradición», suspira Alberto Porras.

El Concello, resuelto a no abordar solito la complicada aventura, pidió sentidiño a los romeros. El personal no hizo ni puñetero caso. «Hay mucho bárbaro», clamaba Víctor, betanceiro de pro.

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