Imagen:A nadie en su sano juicio se le ocurriría hoy cargarse esta joya que coronó, desde 1926 hasta 1975, la plaza de Galicia; pasen y lloren

Salvajada en la plaza de Galicia

Después de 38 años, el mayor crimen urbanístico de la ciudad sigue impune


He descubierto una manera de viajar en el tiempo, pero no voy a profundizar en los detalles. He instalado en mi Vespa Sprint 150 de 1966 un auténtico condensador de fluzo comprado en e-Bay y así, a escarranchaperna, me muevo adelante y atrás solo para mirar; soy un voyeur espaciotemporal. Hoy, sin embargo, haré una excepción. Me voy echando leches al 8 de septiembre de 1975 a parar un crimen que se perpetrará ese día y en los siguientes: el derribo del edificio Castromil. He tenido que rectificar el condensador de fluzo para que, en lugar de funcionar cuando uno va a 140, lo haga a ochenta, que es lo más que da la moto. Y cuesta abajo.

Me llevo la foto que ilustra esta página, que me pasó mi amigo José Ramón Mosquera, amante de los autobuses y del pasado a partes iguales. Arranco de una patada y enfilo hacia la avenida de Lugo, donde me pondré a 80 para que la máquina del tiempo haga su trabajo y me lleve a 1975. Espero no encontrarme a mi madre de excursión paseando con un niño de cuatro años parecido a mí. La avenida de Lugo ya existe en el 75; si me metiera en el periférico o en la AP-9, acabaría roturando una leira. No hay tiempo que perder. Bajo por Rodríguez de Viguri, me salto todos los semáforos, acelero a fondo fondo con el objetivo de llegar a 80 en el cruce de Sar. Los árboles pasan veloces. Salta el radar. Me persigue la policía. Por fin, el condensador hace su magia, se produce un fogonazo y no veo nada. «¡Mamaaaá!». Al segundo vuelvo a ver y me dejo las zapatas frenando para no estamparme con un camión de gaseosas Espiña. Parece que estoy en la fecha adecuada: La carretera es poco más que una corredoira y llego sin problema al cruce del Hórreo. Ni rastro del túnel, voy bien. No llamo la atención; viajo en un vehículo de época. Hay dos soldados haciendo guardia delante del cuartel que un día será el Parlamento de Galicia. Si llego a venir diez años antes, el soldado igual era mi padre.

Casi estoy. Aparco a la derecha, a la altura del 41, sin problemas. Arriba viven las hermanas Domenech y Ors, que observan la maniobra desde el balcón.

Corro como un loco y me planto en lo que en el 2013 será plaza de Galicia, antes llamada plaza de García Prieto. He llegado a tiempo. El edificio Castromil está rodeado por una cinta. Un regimiento de obreros se dispone a echarlo abajo porque así lo ha decidido el ayuntamiento que preside Antonio Castro. Una alcaldada. Varias personas le gritan a los obreros. Llevan carteles. «¡Criminales!». «¡Parad!». «¡Pesará sobre vuestras conciencias!». No tardo nada en ponerme del lado de los del escrache. Los grises rondan. ¡Anda! ese es el arquitecto Carlos Almuiña con 38 años menos. Ramón Castromil llora.

Almuiña, desolado

Almuiña está que trina. Me da una fotocopia y me dice que estamos a punto de presenciar el mayor crimen urbanístico de la historia de Santiago. No es un visionario: es un tipo que tiene los dos dedos de frente que le faltan al consistorio. Me sumo al griterío sin dejar de leer la fotocopia: «El edificio Castromil, antes café Quiqui-Bar, se sitúa en la plaza de García Prieto, entre la calle del Hórreo y la calle Entrecarreterras. Sus promotores fueron Manuel Ramallo Gómez y Ángel Gontán Sánchez». «¡Ramallo! -me digo- el mismo del Café Español!». La cosa se pone fea. Llega más gente, más obreros y más policías. Ese de ahí es el jefe Carril. Menos mal que tiene fama de buena persona. Pero también hay grises, y esos me gustan menos. Una excavadora Caterpillar 235 está a punto de largarle el primer zambombazo a la estructura. ¡No! Me vienen a la cabeza Rafael González Villar, el arquitecto que lo proyectó en 1922, y Antonio Alfonso Viana, que coordinó la obra en el 26. «¡González Villar ha sido, sin duda, uno de los mejores arquitectos gallegos de origen coruñés, no se le puede hacer esto a su memoria!», me dice, indignado, Almuiña. A mi lado, una señora me llora en el hombro y me lo pone perdido de mocos: «¡Ai, neniño, cincuenta anos collendo aquí o coche de línea e agora bótanno abaixo!». Tranquila, señora, que esto lo paramos.

Me consta que el Colegio de Arquitectos se mojó desde que, en 1974, el Ayuntamiento expropió el inmueble modernista, precioso, para construir un aparcamiento. Pidieron hasta la extenuación que fuera declarado monumento histórico artístico, pero ganó la Corporación en nombre de un progreso equivocado. No lo soporto. Voy a dar un paso más: me salto la línea de seguridad y me subo a la excavadora.

Crónica de un fracaso

«¡Bájese de ahí, majadero!», me grita Carril. «¡Ni de coña! ¡Si tiran esto se arrepentirán los próximos 38 años, lo sé bien!». La gente me jalea. Me crezco. «¡No pasarán!». Los obreros paran y fuman. Me enciendo tanto que no veo a dos fulanos que suben por detrás, se me echan encima y me ponen una camisa de fuerza. «¡No me toquen, desgraciados, que vengo del futuro!». «Sí, y yo soy Juan XXIII». Noto un pinchazo. Caigo. Despierto en Conxo. «Soy el doctor Seoane, ¿cómo se encuentra?». «¡Ostras, el del grupo Milladoiro!», me digo. Enseguida me centro. «Bien, doctor, yo solo quería que no tiraran el edificio. Pero estoy bien. Y usted grabará muchos discos». «¿Usted cree? Pues sepa que han dejado un bonito solar allá arriba». Lloro. Espero que no me hayan robado la moto.

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