Vacaloura, el santuario animal

Dos parejas abren un refugio que admite a cualquier especie

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reportaje nueva asociación protectora

Al entrar en los terrenos de Vacaloura la palabra santuario cobra significado. Allí todos sus habitantes corretean y juegan juntos por el enorme huerto. Cada uno de ellos tiene su propia historia detrás, desde Mikka, la beagle que encontraron abandonada en la carretera en pésimas condiciones, hasta Oprah y Budda, dos conejos rescatados de un laboratorio en el que experimentaban con ellos. Pero también tienen algo en común: cuando el mundo les dio la espalda, fueron salvados por Inés Trillo, Concha Pereira y sus respectivas parejas, Mario y Jaime.

«Vacaloura non foi unha decisión tomada, realmente, ela tomounos a nós», declara Inés. Ella y su compañero siempre estuvieron conectados con el mundo animal, y llevaban tiempo rescatando gatos y perros. Después decidieron hacerse veganos y abrir un herbolario, donde conocieron a Concha y Jaime, otra pareja vegana con la que acordaron iniciar este nuevo proyecto.

Desde agosto

Vacaloura se puso en funcionamiento a principios de agosto. Actualmente están en trámites para convertirse en una asociación. A pesar de ser poco conocidos ya han conseguido varios voluntarios que trabajan de vez en cuando con ellos, además de padrinos que se ocupan de la manutención de algunos habitantes del santuario. Aún así toda ayuda es poca. Mantener una casa de ese tamaño con tantos animales conlleva muchos gastos. «Todo o que sacamos del herbolario, exceptuando o indispensable para que poidamos vivir, viene a parar a Vacaloura, pero non é suficiente», cuenta Inés. Además de la tienda, realizan otras actividades para financiarse: desde preparar mercadillos solidarios hasta hacer artesanía para vender. Y han ido resistiendo, no sin ciertas dificultades, para seguir dando cobijo a los animales.

Los habitantes de Vacaloura

En el santuario todos son amigos. En la corte de los conejos puede verse a Brinco, Jéssica y Budda jugando con el gato Lolo. Dalí, el cerdo vietnamita, y Giuseppe, el carnero, son compañeros de habitación, aunque todavía no pueden estar con las otras cerditas, Benita y Luisa, puesto que no están castrados. También las gallinas, Pita y Xilda, se pasean tranquilas entre tanta fauna.

Más extraño si cabe es ver a Mikka, la beagle, olfateando curiosa a los conejos Oprah y Elvis. Los gatos son quizá los más desapegados, aunque Fina no pierde la oportunidad de trepar por cualquiera que se le ponga delante. Claro que también tienen un sexto sentido y desde que Tikka, un cruce de beagle y galgo, fue atropellado y no puede andar, van a dormir acurrucados junto a él para que no esté triste.

En Vacaloura son antiespecistas. «Non só recollemos gatos e cans. Tamén hai outras especies que necesitan axuda», explica Inés. Esa es la diferencia entre el santuario y otros refugios. Y sus habitantes parecen comprenderlo a la perfección, puesto que conviven en envidiable harmonía.