I Am A Lonesome Hobo es la canción de Bob Dylan que representa la vida de trotamundos solitario de un diplomático como Roberto Varela, que lleva años despidiéndose y volando hacia nuevos destinos. Llegó de Nueva York a Compostela y Uruguay ya está en el horizonte. «A min gústame. Nacín para isto. O malo son os amigos, porque sempre estás despedíndote». Amigos como por ejemplo Suso Coba, el de O Dezaseis, a quien iba a visitar tras este encuentro. Asegura que ahí se reúne la cultura gallega.
¿Pero no es frustrante esta marcha abrupta? «É unha sensación agridoce. Estou acostumado ás despedidas, pero sei que unha parte de min quedará en Santiago. A saída é boa porque vou de embaixador a Uruguai. Para un diplomático iso é o máis importante desta carreira».
Roberto ha empezado a escribir sus memorias, y en ellas «a cidade de Santiago e a súa xente teñen un especial protagonismo». Sobre el Atlántico, hacia las tierras de José Mujica, rememorará sitios acariciados por su impresionable retina como As Praterías, la Colexiata de Sar, San Roque, la fachada de Santa Clara, el parque de San Lourenzo, la Ferradura o el Derby, en el que charlamos separados por el humo del café y en donde Roberto estudiaba en tiempos sus apuntes -«copiados doutra persoa», apostilla bajando un semitono la voz-. Ya no existe el bar Praterías de sus largas tardes estudiantiles.
Recuerda algo: «Mira, Cambeiro, ¿non me preguntas pola Cidade da Cultura?». Si hay una respuesta, sí. «Paréceme ben que pararan agora os dous edificios, pero pensando nun futuro galego a obra hai que rematala». Es el asunto con más puntos de vista del planeta.