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«Vivir aquí es una lucha»

Los romanos no están para bromas. El fin de la era berlusconi y la llegada de los tecnócratas al poder es la consecuencia de una dura realidad que viven a diario: piden profundas reformas, porque vivir allí en estos momentos «es una lucha»


Aunque en muchas de sus escenas cotidianas esté ahora más cerca del neorrealismo italiano de los años 50 que del glamur de los 90 y de la década pasada, pasear por Roma en una de sus maravillosas jornadas otoñales sigue siendo un placer. Esta vez, con un guía turístico de excepción, el coruñés Alberto Rodríguez. Nos citamos en la emblemática Piazza Navona, delante de la Librería Española y del Instituto Cervantes. La gente pulula por la plaza. Junto a los romanos que aprovechan las horas del mediodía para comer algo, cientos de turistas se fotografían con las fuentes de fondo.

Vista así la ciudad, con su tráfico caótico y sus plazas y calles ruidosas, podría dársele la razón al expresidente del Gobierno, Silvio Berlusconi, cuando afirmó que «los italianos están bien, los restaurantes están llenos». Pero ya se sabe que este país vive, sobre todo, del turismo, y que la vida cotidiana es muy diversa.

Alberto Rodríguez, además de dar clases de español, tiene una agencia de viajes y organiza visitas por Roma. Sus clientes son de habla española y, por eso, asegura, la crisis le afecta de doble manera: «La pagamos por las dos partes: en España porque la gente cambia la forma de viajar, y en Italia por la forma de ofrecer servicios, los precios, los costes e incluso a nivel burocrático», explica. Casado con una romana y padre de dos hijos, también nota dificultades en la economía doméstica: «Vas haciendo cuentas y cuentas hasta llegar a fin de mes. Vives con esa tensión. Las perspectivas de futuro, la esperanza de crecer, de poder invertir, no mejoran con la burocracia ni la política. Vivir aquí es una lucha», asegura. En los 13 años que lleva en Italia, ha visto cómo el país ha ido cambiando. Su definición es clara: «Me parece como una familia noble con muchos recursos que últimamente no sabe qué hacer con ellos, no se aprovechan y se van perdiendo. Aquí hay cosas maravillosas que no se conservan y se revalorizan, y al final son un peso».

Recortes en el transporte

También gallega es Melisa Varela. Estudió Publicidad y Relaciones Públicas y vive en Roma desde hace tres años, un tiempo insuficiente para apreciar grandes cambios, pero no el deterioro de servicios como el transporte: «Será por culpa de los recortes», comenta resignada. Sus amigos italianos se quejan perennemente de la falta de trabajo, pero ella es afortunada: trabaja en una distribuidora de cine y lo alterna con la fotografía. Se encuentra bien en Roma. Ha encontrado a Gabriele, un sardo con el que tal vez un día vuelva a Galicia. «Sí, estamos de acuerdo, ¡volveré encantada!» exclama riendo.

Muy cerca de Piazza Navona está el Teatro Valle, un escenario en el que han actuado actores y actrices de la envergadura de Sarah Bernhardt. Desde junio está ocupado por los Trabajadores del Espectáculo, que protestan por la precariedad laboral y por los recortes que el anterior Gobierno ha imprimido a los presupuestos para la cultura. Allí se encuentra Fulvio Molena, montador y director de cine. Contento por la caída de Silvio Berlusconi por el cambio que en sí representa, teme que los problemas económicos de Italia no se solucionen. Sus ideas son rotundas: «El Gobierno ha vendido el país a los bancos europeos. Lo que no queremos es pagar una deuda que nosotros no hemos contraído», asegura el cineasta, mientras expresa su escepticismo respecto al nuevo Ejecutivo de Mario Monti: «Solo podrá aprobar ajustes». A su juicio, la receta para superar la crisis pasa por un recorte drástico en los gastos de Defensa, por gravar fiscalmente los grandes patrimonios y por un reparto de los beneficios entre todos los ciudadanos europeos. Su vida ha dado un vuelco total con la coyuntura actual, ya que le obligó a tomar decisiones de envergadura, como ocupar un teatro. «La situación cultural en Italia es pésima. Decidimos forzar la situación también para desde aquí escribir de nuevo la democracia en Italia».

En una pequeña calleja (Vicolo del Gallo), aparece Mario Cioni delante de su taller de venta y reparación de motos. También él espera un cambio y que se piense en los jóvenes. Tiene 26 años y vive con sus padres: «¿Quién puede independizarse con 1.000 euros al mes?», se pregunta mientras sueña, «como un verdadero italiano, en tener una familia». Para eso ahorra: «No tengo grandes gastos, me basta poco». Quiere ser optimista y por ello confía en el nuevo Gobierno: «Espero que consiga aliviar el déficit público, que en Italia es muy alto por culpa de los que gobiernan, de los parlamentarios, tanto de derecha como de izquierda».

LOS POLÍTICOS, ESA CASTA

La desconfianza ante una clase política convertida en una casta con innumerables privilegios y sueldos altísimos es una constante en todos los testimonios Mauro Ranucci los ataca sin rodeos: «Tendrían que ser eliminados y que vengan otros, gente de otro tipo, con sueldos adecuados y menos privilegios», asegura este hombre desde su puesto de fruta en uno de los mercados más famosos de Roma, Campo dei Fiori. Mientras sirve naranjas a una señora que antes se asegura de «que sean italianas», este emprendedor asegura que «son los pequeños comerciantes los que salvarán el país y solucionarán la crisis mundial». De Monti no espera mucho: solo le pide que deje trabajar tranquilos a los comerciantes: «La Guardia de Finanza viene a controlarnos a nosotros y no a quien evade de verdad. Hay que controlar a los ricos, a los industriales y a los presuntos pobres». En su puesto callejero resiste a una caída en las ventas del 50 %: la gente, asegura, ahora gasta menos.

De la misma opinión es Simonetta Carafelli, propietaria de una floristería en Via Arenula, quien también se ha enfrentado a una disminución de las ventas similar. «La crisis es muy dura», asegura, pero ella es de las pocas que confía en el nuevo Gobierno: «Espero que se lleven a cabo reformas en las pensiones, el trabajo y la educación. Se necesitará tiempo, pero confiamos en el futuro. Soy optimista». Aunque no tiene hijos, está preocupada por los jóvenes, pero sobre todo por su salario cuando se jubile, que en el sector del comercio es muy bajo. De momento, ella ya ha tomado sus medidas y se aprieta el cinturón: sale menos y ha renunciado a cenas y al cine.

EL TAXISTA REVOLUCIONARIO

Más radical es el taxista Angelo Rossi, que asegura que lo que Italia necesita es una revolución. Está enfadado con la clase política. Le parece incapaz: «¿Le parece normal que tengamos que llamar a diez técnicos de fuera para formar Gobierno, cuando tenemos aquí mil senadores y diputados?», inquiere. Rossi tiene su taxi aparcado en el Largo de Torre Argentina. El tráfico es infernal: autobuses, coches y motos intentan pasar entre peatones que cruzan por donde pueden. «No tengo ninguna confianza en el nuevo Gobierno. Todo continuará igual: nos llenarán de impuestos, conseguirán un poco de dinero, en primavera iremos a las elecciones y entonces volverán los mismos que están ahora». El cambio tiene que venir de arriba: «Se necesitan caras nuevas. En Italia no hay un solo político que piense en los intereses de los italianos. Solo piensan en el suyo», afirma enfadado. Al nuevo ejecutivo le pide desgravaciones fiscales para el carburante (1,6 euros la gasolina, y 1,55 el gasóleo). Padre de una muchacha en edad escolar, Angelo Rossi está preocupado por el futuro de los jóvenes. «Será una vida peor que la nuestra, que bien o mal un pequeño trabajo siempre hemos tenido, pero para ellos no hay nada», asegura resignado.

El paseo por los lugares que nos ha propuesto Alberto Rodríguez termina y regresamos a Piazza Navona. Nos despedimos de nuestro guía coruñés en Roma y de Melissa, con los que hemos recorrido algunos de los escenarios más emblemáticos de la ciudad: nos hemos fotografiado ante la estatua de Giordano Bruno que preside Campo dei Fiori y, muy cerca, paramos ante las inmensas bañeras de Piazza Farnese. Alberto nos hizo entrar en el Palazzo Spada y admiramos la increíble falsa perspectiva diseñada por Borromini. Al llegar a Torre Argentina, las ruinas de la antigua Roma aparecieron imponentes ante nosotros. Fue una pequeña muestra de un país grandioso y poblado de gente que, pese a todo, no ha perdido la esperanza en un futuro hoy incierto.

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