-¿Sabes? El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso- le soltó de repente su hijo, tras una larga pausa.
-¿Y qué vas a hacer?
-Nada. Me parece exagerada su reacción, pero la respeto. Después de lo ocurrido, no me extraña que mi vista se nuble, que mi corazón se acelere, y que mi oído falle. No tiene nombre lo que hice.
-Bueno, sí lo tiene; caradura, sinvergüenza, impresentable, en fin, ya recuerdas la larga lista que sigue.
-Pero, ¿qué culpa tengo yo de no quererla? ¿Y qué culpa tengo de descubrirlo justo el día de nuestra boda?
-Si yo te entiendo, hijo, el amor es un asunto muy serio- le contesta su padre con sarcasmo.
-Vale, lo admito, puede que alguna tenga. Aunque cualquiera en mi situación, al ver el escote de la dama de honor y tras comprobar a escondidas lo bien que besa, hubiese hecho lo mismo. Exactamente lo mismo. ¿No?
-Pues no. Ese tipo de cosas no es algo que pase habitualmente. Y te recuerdo que «muy a escondidas» no fue, cuando os descubrió tu futura esposa.
-Mejor dicho -añadió rápidamente su madre, que acababa de entrar en el salón- tu futura esposa, su madre, sus tres hermanos y sus dos cuñadas. Mira que no podías al menos tener una boda normal y luego, si querías, al cabo de unos meses te divorciabas. Que el disgusto sería el mismo, pero al menos el banquete se hubiese pagado a medias.
-¿Pero madre, qué me estás diciendo?
-Nada, hijo, nada. Solamente que la próxima vez que tú pierdas la cabeza, o que te roben el corazón, procura que eso no afecte a mi cartera.
Bibiana Fernández Saburido tiene 25 años y vive en Ourense