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Licenciada en Bellas Artes para dar vida y calor a los hospitales

Ana Germade, con 28 años, ya ha participado en la humanización del Neonatos de Ferrol y ha ambientado Pediatría del Álvaro Cunqueiro

pontevedra / la voz, 07 de marzo de 2016. Actualizado a las 13:55 h. 4

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Aunque varía en cada proyecto, el proceso de creación de un mural sigue varios pasos comunes: la proyección de las siluetas de las figuras a pintar, su dibujo a lápiz sobre la pared, elección de los colores y aplicarlos con pinceles para rellenar las siluetas. En las fotografías se muestra parte del proceso de humanización de la planta de Neonatos del hospital de Ferrol. Ana Germade también diseñó y elaboró la de Urgencias de Pediatría del Álvaro Cunqueiro.

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Cree que el arte tiene que estar en la calle, servir para algo, ayudar a la gente. Que no debe permanecer colgado en la pared de alguna galería o sala de exposiciones. Por eso Ana Germade se hizo su propio taller en casa, en la de sus padres, con solo 27 años, hace uno. Allí, a Cangas, acababa de regresar tras terminar sus estudios en la facultad de Belas Artes de Pontevedra. Fue todavía como universitaria como participó en su primera intervención en un espacio público. Lo hizo bajo la coordinación de su hermano Diego, y el objetivo era dar una nueva vida a la fachada del pabellón universitario. Fue hace alrededor de dos años.

Para entonces llevaba ya siete colaborando con Paspallás, una agrupación dirigida por una exprofesora de escultura, Begoña Paz. Le ofreció colaborar con el colectivo en la ambientación del Salón do Libro Infantil e Xuvenil de aquel año y más tarde en la Feira Franca, y allí descubrió la magia de pintar para todo el mundo. En aquella ocasión no eran sus diseños los que dieron vida a uno de los eventos culturales más populares de la comarca, sino lo que habían ideado las responsables del grupo cultural. Ella se encargó de ejecutarlo y dar forma a las propuestas de Begoña y María Paz y, casi sin darse cuenta, fue asimilando una nueva forma de arte, la que se ve y casi se toca.

Por eso no lo dudó cuando el colectivo le propuso a finales del 2014 inmiscuirse con ellos en el proyecto de humanización de la sala de Neonatos del Hospital de Ferrol. Fue un trabajo planificado y llevado a cabo con tiempo. Una vez diseñados los murales y actuaciones que iban a realizar, comenzaron la fase de taller. Entre cuatro personas fueron tallando y dando forma a los objetos de madera que más tarde se colocarían en las salas de espera, habitaciones y pasillos del área sanitaria que da cobijo a los pequeños que se ven obligados a pasar allí tiempo.

Unos meses después abrió sus puertas el hospital vigués Álvaro Cunqueiro. Diego, arquitecto, presentó una oferta para acondicionar el vestíbulo del edificio. Ganó, y el día antes de la inauguración se abrió el plazo para optar a la humanización de la sala de espera. Acababa de enviar su propuesta, esta vez ya como Mao, la pequeña aventura empresarial que inició hace un año. Su estilo se basa en líneas concéntricas que le permiten abordar toda clase de animales y objetos de una forma clara y sencilla.

Las ideas de Mao

Cuando fue a acompañar a su hermano, el responsable del diseño de las instalaciones le pidió que le presentara un proyecto para la zona de Urgencias de Pediatría. Para la de la sala de espera sus diseños -que había ideado para un proyecto de tercero de carrera- resultaban más infantiles de lo que estaban buscando, pero para un área especialmente diseñada para niños era perfecto.

Lo único que no le sobraba era tiempo, de forma que una semana después enviaba su propuesta al hospital, y tres más tarde le daban el sí definitivo. Quince días más tarde estaba todo hecho, y la planta se abría a su nuevo público, de corta edad pero agradecido por recibir nuevas impresiones externas. No se atrevió a volver desde que lo terminó por las características del sitio que ocupan sus tres murales: uno está en la sala grande que hay a la entrada, otro en una habitación pequeña que hay al fondo y un tercero en la sala de observación que hay entre ambas. «Pero gente que estuvo allí me dijo que quedó muy bonito», confiesa. «Los bichitos llaman, aunque los niños intentarán arrancarlos, seguro», reconoce entre risas.

Ahora, cuando se le pregunta qué gran espacio de Pontevedra le gustaría pintar, dice que el hospital. «De arriba abajo, entero». ¿Montecelo o el Provincial? «Cualquiera de los dos», responde, ahora sin dudarlo. Y es que cree que el blanco de las instalaciones sanitarias, la falta de color, a veces «hace enfermar más».

Macetas de cemento y alfileteros pintados con algo en común: todo hecho a mano

Después de pensarlo un rato, vuelve a intentar buscar una respuesta a una pregunta aparentemente fácil: «Sigo sin saber responderte a por qué decidí estudiar Bellas Artes. Supongo que nunca me gustó demasiado estudiar y sí mancharme las manos... y Kandinski o después Andrei Tarkoski puede que tuvieran algo que ver en mi forma de entender e interesarme por el Arte. O la influencia de mi hermano quizá, ocho años mayor que yo, estudiando Arquitectura en Segovia y tratando de enseñarle cosas interesantes a la hermana pequeña. Sí, quizá la influencia de Diego fue determinante», dice.

También por su afición a mancharse las manos y sentir el arte sigue dedicándose a los murales pintados a mano «a pequeña escala en solitario». Desde habitaciones de niños hasta la fachada de una floristería de Cangas, cualquier superficie es susceptible de albergar una pequeña obra de arte.

Decidió llamar a su pequeño proyecto personal Mao por una razón tan simple que cuesta llegar a ella: significa mano en gallego, y es con ello con lo que hace su obra y su trabajo. La mano como herramienta directa para crear. No solo pinturas. La joven canguesa diseña productos que van desde las macetas circulares de cemento hasta estuches, alfileteros y cojines, todo cosido y elaborado a mano. Por eso todos son diferentes y cada uno, a su manera, especial.

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