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La niña a la que sus padres quieren ver correr

Candela, con parálisis cerebral, lucha para lograr andar y hablar; el amor que recibe la sustenta

pontevedra / la voz, 29 de febrero de 2016. Actualizado a las 01:08 h. 16

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Candela es una niña muy afortunada; lo es aunque no ande; lo es aunque no hable; lo es aunque no pueda hacer casi ninguna cosa por las que se pirran los niños de siete años. Lo es porque Candela siente, vaya si siente, y pasa buena parte del día sonriendo gracias al amor que recibe. Candela, de ojos grandes y vecina de Pontevedra, tiene parálisis cerebral -su caso todavía no cuenta con un diagnóstico claro- y sus padres, Sonia Durán y Enrique, Kiko, González demuestran cada día que si la meta es mejorar la calidad de vida de un hijo los progenitores llegan allá donde haga falta. Escuchar su historia es una bofetada de realidad. Pero también de lucha y valentía.

Candela nació tras un parto complicado. Pero salió del hospital como cualquier otro bebé. «No pensábamos que lle pasara nada, todo parecía ir ben», recuerda Kiko. Como tantos padres primerizos, Kiko y Sonia seguían con atención todos los progresos de su retoño. Fue así como, a los siete meses, empezaron a sospechar que algo fallaba. La niña no parecía oír. Y tampoco era capaz de aguantar la cabeza. Sin embargo, pasaba los controles y pruebas médicas habituales de cualquier niño sano sin problema. «Vas vendo que outros de idades similares fan certas cousas e a túa non e pregúntaste que é o que ocorre», recuerda el padre.

Y ahí empezaron distintas batallas. Primero, la sanitaria. Nunca llegaron a darles un diagnóstico cerrado. Pero lo que está claro es que Candela tiene una pequeña parálisis cerebral, una discapacidad del 65%. Luego, tocó «asumir pouco a pouco» la situación y comenzar a luchar. Kiko habla con una sonrisa, pero no puede evitar que los ojos se le enrojezcan al recordar los inicios: «Acórdome de preguntarlle ao médico se a miña filla ía andar e falar e escoitalo dicir que non sabía. Eu díxenlle que antes de que se xubilase a nena andaba, que loitariamos», cuenta.

Hasta ahí, su relato es duro. Pero lo que cuenta a continuación, directamente, cabrea. Porque Kiko y Sonia toparon terapias para que su pequeña pudiese progresar. Pero se dieron de bruces con una cruel realidad: no podían pagarlas. Querían que hiciese un tratamiento en sangre en Santiago que costaba más de 20.000 euros. Vendieron una moto y un coche y luego Kiko peregrinó por los bancos: «O peor non é pedir un creto para axudar a tua filla. O peor é que non che dean eses cartos. Cheguei a dicirlle a un director dun banco que non me daba o creto porque á miña filla non podían hipotecarma. Ao final si que mo acabaron dando».

Candela hizo esa terapia y luego vinieron otras muchas más -va a la piscina, hace ejercicios con un caballo, acude a rehabilitación y fisioterapia y es alumna de Amencer-. Kiko y Sonia se dieron cuenta entonces de que no estaban solos. Les ayudaron sus amigos de siempre y familiares. Pero encontraron también una nueva familia. En su camino se cruzó Banta, el Banco de Tapóns de Baixo Miño. Se trata de uno de esos ejércitos de solidaridad ciudadana que reúne dinero, vendiendo tapones que recogen en decenas de puntos, para ayudar a niños con discapacidad.

El mundo de los tapones

A Candela la ayudaron en su día. Y desde entonces su padre saca tiempo de debajo de las piedras para conseguir tapones, entregarlos al banco y que los venda para otros niños. Kiko recoge tapas tanto en Pontevedra como en Arousa. Es un misterio saber cómo saca tiempo para ir por los tapones, trabajar y cuidar a su hija mano a mano con Sonia, que también tiene empleo. Al preguntarle, su respuesta puede sonar desconcertante: «

Calquera o faría, isto é moi bonito», dice. Se entiende que hable así al mirar a Candela. Ella, una niña que únicamente movía los ojos, se ríe con energía cuando su abuela Olga le enseña un zumo y, como no se lo da, intenta agarrarlo con sus manos. Kiko la observa y pide que el reportaje acabe con su frase de cabecera: «Seguimos remando». Está bien. Pero en el futuro tendrá que cambiar ese grito de guerra. Algún día quizá sea seguimos corriendo. O hablando. Candela mejora cada día y lo hace a golpe de amor.

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