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«El frío no es lo peor de la calle»

Duermen al raso y no van a albergues ni cuando hiela. Todos tuvieron otras vidas

pontevedra / la voz, 21 de febrero de 2016. Actualizado a las 08:53 h. 14

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Conforme los termómetros empiezan a congelarse o el cielo se pone a escupir agua a calderos, tanto en Pontevedra como Vilagarcía se activa un resorte. Entidades como Cáritas, Cruz Roja los concellos u otras instituciones ponen en marcha su maquinaria para que las personas que habitualmente duermen a la intemperie no corran peligro -en Pontevedra el Concello cifra en 15 el número de ciudadanos en esta tesitura y en Vilagarcía Cáritas calcula que hay otras tantas personas en infraviviendas o de ocupas-. Hay que ayudar a quienes aceptan ir a un lugar bajo techo y a quienes eligen la intemperie como único dormitorio. Antonio Perea, Manolo Barreiro y Serafín Augusto Rosa son de estos últimos. «A mí no me gustan los albergues», repite uno tras otro. Se les encuentra estos días, a alguno desde hace años, en la ciudad del Lérez. Pero no sería de extrañar que también se les viese por Arousa o Santiago.

El jueves, en una de esas mañanas frías en la que el vapor de la boca parece una humareda, Antonio se despertaba en Benito Corbal, delante del bajo en el que duerme al ras desde hace tiempo. Sobre las once aún no había acabado de recoger todas sus mantas. «Voy a ir a pedir ahí enfrente, pero aún no empecé», señalaba. Al preguntarle por la gélida temperatura, con voz pausada y tono amable, decía: «Yo no paso frío. Tengo mantas y es suficiente». Antonio no es dicharachero. Pero tampoco le cuesta responder a preguntas. Es madrileño. Tuvo distintos oficios, entre ellos el de camarero. Y un día decidió marcharse. «No sé muy bien qué fue lo que me llevó a irme, la vida que es así. No tenía trabajo, no tenía nada y no quería ser una carga para nadie», confiesa. Apenas varía su tono de voz cuando habla. Pero la mirada de este hombre de mediana edad que vive con lo puesto se hunde al recordar su marcha: «Mi padre me dio 60 euros, el pobre hombre bastante hizo».

Antonio buscó a un hermano que cree tener en O Barco pero no dio con él. Desde entonces, hace ya varios años, está por Pontevedra. «Me gusta este sitio, aunque si junto dinero igual me marcho», dice. Por el día pide delante de un supermercado. Insiste en que no pasa frío y reconforta oírle. Pero luego confiesa algo desolador: «El frío no es lo peor de la calle. Lo malo es no saber qué hacer ni a qué lugar ir».

La sonrisa que no se borra

Casi de forma idéntica habla Manolo Barreiro, que peina los sesenta. Su morada desde hace mucho tiempo son los bancos de la plaza de Galicia pontevedresa. Manolo fue conductor de autobuses en A Coruña. Fue camionero. Y fue feliz. No esconde qué le llevó a la calle: «La culpa solo la tiene mi mala cabeza», dice. A partir de ahí, mientras lía un cigarrillo con colillas que él y un amigo recogieron del suelo, habla de las drogas y de cómo se enganchó «a todo». Lleva la sonrisa y la resignación puesta. Y solo se pone serio cuando piensa en sus hijos: «Me da vergüenza que sepan cómo estoy y lo que hago, eso me avergüenza».

Manolo deja su banco para ir al comedor social. «Me duelen los pies, no puedo andar», explica. Hasta hace poco el vino «del de 60 céntimos del supermercado» solía acompañarle. Lleva unos días sin probarlo. «Me caí tras beber y ahora no quiero tomar más, estoy bien», dice mientras su sonrisa se amplía. Como Antonio, como otros muchos, insiste en que el frío no importa: «Uno se acostumbra al frío, y al final casi ya no lo sientes», dice.

Mientras Manolo habla, unos metros más allá, atraviesa la misma plaza de Galicia Serafín. Es de Vilapouca, en Portugal. Y, como Manolo, también tiene el verbo fluido. Serafín dice que su vida cambió al morir sus padres. «Antes facía traballos para moita xente, coidaba fincas ou ía por leña pero ao morrer eles todo foi mal», explica. Cogió la mochila y acabó en Galicia. Come de la caridad y tampoco quiere ir a los albergues. Aun así, dice: «A rúa non é boa para ninguén, pero é o que hai». Va camino del comedor social. Y antes de marcharse, se explica: «Eu vin morrer a un compañeiro. Estabamos durmindo e quedou morto. Morreu co frío penso eu. Eu non teño frío pero... Hai que ter coidado». Así son las historias de la calle; de la gélida calle de estos días.

«No quiero volver con mi familia porque no tengo nada de nada y no quiero ser una carga para nadie»

Antonio Perea

«Eu vin morrer a un compañeiro. Estabamos durmindo e quedou morto. Morreu co frío, penso eu»

Serafín Augusto Rosa

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