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El «Hachiko» que aguarda en Cuntis

Trosqui es el nombre que recibe el perro que hace cuatro años se vio obligado a convertir Anllada en su nuevo hogar

15 de marzo de 2016. Actualizado a las 09:34 h. 67

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Trosqui, bautizado así por algunos vecinos de Cuntis, apareció hace cuatro años en la carretera de Anllada. Presumiblemente fue abandonado allí, y, aferrándose a su idea de lealtad, el can continúa cerca de ese arcén, de guardia, sin inmutarse y sin ninguna prisa. Hachiko fue un perro japonés, de raza akita, que durante nueve largos años esperó en la estación de Shibuya la llegada de su amo. Lamentablemente, el encuentro nunca se produjo, pues el profesor falleció en un momento de su jornada laboral, lejos de esa parada de tren. La lealtad y la paciencia, parecen unir a ambos animales.

Muchos definen a Trosqui como un superviviente. Un ser inteligente que, tras casi un lustro viviendo a escasos metros de los veloces coches, continúa con su vida, impasible. Ha aprendido a cruzar, mirando a ambos lados de la carretera, a tener paciencia para no dar ese mal paso que no le permitiera llegar a tiempo a su destino. Hasta que no es seguro del todo, Trosqui no se adentra en la calzada. Algo extraño, pues es habitual que los perros abandonados se sientan perdidos y acaben atropellados, malheridos, y en muchas ocasiones, muertos.

Varios llegan a atribuirle, al cánido, rasgos humanos, pequeñas conductas que realiza que lo convierten en un vecino más, en un monumento viviente a la lealtad y el cariño que puede llegar a ofrecen un perro. «É coma un vagabundo, pero que non se malinterprete en algo malo ou negativo. É un animal que se gañou o cariño e o respecto da xente da zona e que non da problemas a ninguén. Está sempre por aquí e nunca o verás ameazando a viandantes ou a vehículos», comentan por el lugar. Perdió un hogar, pero se hizo un hueco en otro.

Legalmente, la situación de Trosqui es complicada. Al tratarse de un animal sin dueño conocido, los servicios de emergencia deberían hacerse cargo de él y dar el aviso a la perrera, pero han considerado al can una situación singular que prefieren mantener en un limbo legal. «Fai anos, deuse o aviso e tentouse capturalo pero é moi intelixente. Nada máis nos vía chegar xa fuxía e se agochaba pola zona», comentan desde Protección Civil. «Vimos que era un can diferente, que nunca poñía en perigo a circulación, que só quería estar alí, libre e tranquilo, esperando. A un can coma el, se unha protectora ou perrera o colle, ninguén o vai adoptar e acabaría morrendo nun cuchitril ou sendo sacrificado. Non é como debería ser».

Su color marrón, pelo alborotado y paso lento le identifican. Asemeja un cruce de podenco con otra raza pequeña. Su dieta se basa en la caridad y el cuidado que los negocios y vecinos de la zona le brindan. Una nave maderera cercana ha depositado un cuenco con comida, trozos de pan y pienso. Un restaurante cercano también le deja sobras y velan frecuentemente por su estado. Llamativo es el caso de una viajera, que realiza el trayecto Santiago-Cuntis habitualmente y en una breve parada deja alimento a Trosqui. El animal reconoce perfectamente el vehículo y, sabiamente, tiene calculadas las horas en las que toca ir a cada sitio a comer.

Cuando cae la noche, decide parar con su guardia, hacer una pausa, e ir a descansar sus huesos a unos árboles cercanos. Allí, entre arbustos se cobija y echa una cabezada. Al día siguiente, toca volver a esperar al arcén o a la acera, a la sombra o al sol, llueva o escampe.

No tiene especial confianza en los desconocidos y prefiere emprender marcha y alejarse cuando ve que alguien se le acerca demasiado. Si ve que las intenciones no son muy buenas, pone pies en polvorosa y se camufla campo a través. Al rato, reanuda la guardia.

Hachiko esperó casi diez años por su dueño, el profesor Eisaburo Ueno, desde 1925 hasta 1934. A su muerte, la historia era ya un mito en el país y no pocos se acercaron a su velatorio en la sala de equipajes de Shibuya. Su cuerpo fue disecado y una estatua de bronce fue levantada en su honor. Trosqui va por la mitad. Quizás algún día veamos una estatua del animal en la zona, en recuerdo, no solo a su figura, sino a todos los animales que sufren el abandono de sus dueños.

Entre A Estrada y Cuntis, Trosqui sobrevive a su propia lealtad, en un acto que le dota de una humanidad poderosísima, la contraria a la que su antiguo dueño demostró, tras abandonarlo allí.

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