La tarde de ayer probablemente no pasará a los anales de la historia de la plaza de toros de Pontevedra. No obstante, Juan José Padilla y Sebastián Castella lograron abrir la puerta grande del coso de San Roque.
Y eso que los astados de la ganadería de Alcurrucén no se lo pusieron nada fácil para lograr el triunfo. Mansos, sin apenas embestir, e, incluso, asustadizos, estuvieron a punto de aguar, y nunca mejor dicho dada la climatología reinante durante toda la tarde, la primera lidia de la feria de A Peregrina.
Por números, el triunfador fue el francés Castella. A él le tocó el mejor toro del lote. El quinto de nombre Cancionero. Fue el más noble y el que más empeño puso por entrar al quite. Y eso que su aparición en la plaza, abandonando pausadamente los toriles, no hacía presagiar lo que vendría a continuación. Castella se bregó a fondo y remató la faena de una buena estocada. Dos orejas.
Con su primer Alcurrucén, Rompecharcos -todo un simbolismo si se tiene en cuenta que la corrida empezó con mucho retraso debido al agua que se acumulaba sobre el ruedo-, fue de menos a más. Logró levantar los olés del público con una serie de combinaciones plantado en la arena. Estático. Mató de una estocada y logró un apéndice.
El que abrió tarde fue Juan José Padilla, ese al que el público enfervorizado siguió desde la capilla de San Roque hasta la plaza y al que no cejó de gritarle «illa, illa, illa, Padilla, maravilla». Comenzó su actuación con un astado de 490 kilos, Clarinete, que apenas tenía ganas de embestir y que fue recibido con pitos y murmullos de inicio.
Pero El ciclón de Jérez había venido a triunfar. Y no lo dudó a la hora de poner los tres pares de banderillas -Castella debería haber tomado ejemplo porque el segundo par que le colocaron a su primero no lo habría hecho peor un ciego tirando dardos a una diana-. Una serie de combinaciones de pases lograron sacar petróleo de una res que, por no tener, no tenía malicia alguna. Una oreja y todos tan contentos.
Similar premio obtuvo con el cuarto de la tarde, Universitario, con el que logró encandilar al público de una plaza que debía rondar la media entrada. Su entrega fue premiada con otro apéndice.
¿Qué decir de Miguel Ángel Perera? Ayer no tuvo, ni mucho menos, su día. En gran medida, pudo ser debido a que le tocaron los dos peores toros del lote. Y eso que su primero salió con fuerza, desatado, con tanto ímpetu que logró derribar al caballo y al picador en el tercio de varas.
A medida que fue discurriendo la lidia, Perera se fue calentando y, paulatinamente, metiéndose al aficionado en el bolsillo. No cosechó premio alguno al fallarle estrepitosamente la muñeca a la hora de matar, algo que se repetiría con el último astado. Un aviso y silencio.
Y llegó Deseadito. Con sus 480 kilos de peso no logró colmar las expectativas y el donostiarra se fue de vacío de Pontevedra. Desde el principio, el espada dio la sensación de que estaba todo el pescado vendido y que poco más podría ofrecer sobre el ruedo. Hasta el cuarto intento no pinchó de manera decente, pero ahí estaba un subalterno para echar por tierra lo poco que había sementado. El del descabello, más que en una cuadrilla de toros, debería fichar en una de matarifes.